Un capacho en un taxi

La historia que vamos a contar nos la ha relatado Alfredo G. Pero han sido muchos los que han pasado si no por la misma situación, o por alguna muy parecida.

 

Eran los años 80, Alfredo circulaba por la Castellana a la altura de la calle de Goya cuando vio a dos mujeres que evidentemente querían parar un taxi. Como una de ellas llevaba un pequeño capazo de bebé a cuestas, fue la otra la que levantó la mano para que parara. Así lo hizo y las dos mujeres subieron al vehículo. Se veía que sostenían una pequeña discusión sobre donde ponían el capazo: si encima de las rodillas de una, de la otra o bien, en medio de ambas que fue la solución que adoptaron. La pequeña discusión siguió durante el pequeño trayecto del comienzo de la calle Goya hasta la confluencia con Torrijos, en aquella época Conde de Peñalver, donde se encontraban el Corte Inglés y Galerías Preciados.

Alfredo, mientras conducía callado, dedujo que ambas eran madre e hija porque la discusión ahora llevaba derroteros generacionales y no estaban de acuerdo adonde ir: si a uno de los grandes almacenes o al otro. La madre se decantaba por Galerías Preciados pero su hija lo hacía por el Corte Inglés.

Edificio Galerías Preciados
Fuente:marcaporhombro.com

Llegaron a la altura de la cervecería La Cruz Blanca y allí las dejó. Pensó que era equidistante de los dos sitios y era una buena decisión salomónica.

Alfredo se puso en marcha  en busca de un nuevo cliente, no tardando mucho tiempo en lograrlo. Transcurrieron unos quince minutos hasta que se subió al taxi el siguiente pasajero.

Cuando este subió, este se quedó callado. Alfredo le preguntó como siempre en estos casos, que adonde lo llevaba. Pero el viajero seguía mudo. El conductor se volvió hacia atrás y también enmudeció, se quedó perplejo, allí estaba el capazo, y ¡con el niño dentro!

-¡Dios mío! las mujeres se olvidaron el capazo…!, -Tenía que haber mirado antes, -¡Pero como es posible esto!.
-Pero… ¿con el niño dentro? Preguntó el viajero.
-Parece ser que sí ¿qué hago yo ahora?
-Usted no sé pero yo me bajo inmediatamente de este taxi y me cojo otro. Porque como comprenderá este problema es suyo, no mío.
-Si, claro, claro.
-Vuelva adonde dejó a la madre, dijo el pasajero. Y vaya corriendo porque deben de estar de los nervios.

Sin más dilación Alfredo volvió a Goya esquina Torrijos. Allí había una parada de taxis y pediría ayuda puesto que él se encontraba totalmente bloqueado. Mientras conducía iba pensando en el disgusto que debían tener la madre y la hija por no haber cogido el capazo, aunque también se dio cuenta de que podían no haberse dado cuenta porque cada una podía pensar que el bebé lo llevaba la otra, o porque una vez fuera del taxi, se les fue el santo al cielo, que es lo más seguro, olvidándose por completo de que habían llevado al niño.

En la parada próxima al centro comercial contó lo sucedido a los compañeros que se encontraban allí. Entre todos decidieron que Alfredo iría al Corte Inglés y Carlos, otro compañero a Galerías Preciados. Entrarían y pedirían a los encargados que avisaran por megafonía a la madre. Pero ahí les asaltó una duda: no podían decir: “Se ruega a la madre que ha perdido un capazo con un niño pase a recogerlo” Sería la burla y el hazmerreir de todos los clientes. Seguro que además, saldría en los periódicos. Cuando el contaron lo que pasaba a los encargados, se tomó la siguiente decisión para que se oyera por los altavoces: "Se ha encontrado un capacho de color azul con lazos blancos. Por favor, la mamá que venga a recogerlo a Información en la planta baja".

Así, por lo menos no se dejaba en evidencia a nadie y fue la manera más suave que encontraron para preguntar si una madre había perdido un capacho con el bebe dentro.

Mientras, en la parada, los conductores se arremolinaban en torno al coche de Alfredo no daban crédito de lo que veían. Y atónitos se quedaron cuando el bebé se despertó y se puso a llorar. Uno de los taxistas había sido papá recientemente y pidió que le dejaran. En el capazo había un chupete y un biberón y como vio que lo que tenía era hambre, se lo dio y el bebé lo enganchó con avidez. Las miradas entre los compañeros eran un poema. pero el papá primerizo estaba orgullosísimo de su labor y no cejó hasta que el bebé echo el consabido eructito. Para el compañero taxista fue todo un triunfo y aunque no fue ovacionado por el resto si se ganó un buen aperitvo.

Dentro de los grandes almacenes el mensaje por megafonía tuvo éxito. La hija, casi histérica, preguntó inmediatamente por su bebé y Eufemiano le dijo que no se preocupase que estaba con sus compañeros en la parada de taxis.

-¿Cómo no lo han traído aquí?
- Por seguridad, señora. Venga, acompáñeme y ya verá como es mucho mejor que se haya quedado allí dormidito. -Pero es que tenía que comer ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo se nos ha podido olvidar?

Un capacho en un taxi

La madre e hija salieron corriendo con Alfredo, y al salir a la calle, la madre al ver la parada de taxis, cruzó la calle de Torrijos haciendo caso omiso al semáforo con los consiguientes frenazos y bocinazos. Llegaron las dos casi al mismo tiempo. La madre del bebé con el corazón en un puño por la incertidumbre de lo que podía haberle pasado al niño y la abuela sudorosa y congestionada por la situación que todavía no sabía si iba a tener un final feliz.

¡Sí lo tuvo! El taxista primerizo, con una gran sonrisa, y que tenía al bebé en brazos se lo extendió a su madre orgulloso de su aportación a la historia.

-Ya le hemos dado el biberón y se lo tomado estupendamente. Es un niño muy rico, dijo con satisfacción.

Todos los compañeros asintieron con la cabeza y con esa sonrisa de complicidad que les dio estar pendiente del bebé. La madre del bebé y la abuela respiraron tranquilas y dieron las gracias a todos los que cuidaron al niño.

Alfredo dijo
Si quieren, las llevo a casa, ¿porque después del susto!, pero con una condición… Las dos mujeres se quedaron intrigadas.

¿Cuál? Dijo la madre.
Que no se olviden el capazo otra vez, `por favor".
 

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

Una boda de cine

En esta historia todo sale bien. No es la típica de Romeo y Julieta, de amores encontrados por disputas familiares, pero tuvo sus problemillas. Al final, fueron felices y comieron perdices.

 

La historia nos la contaron dos taxistas Manolo y Ramón, que fueron, no protagonistas, pero si parte de esta historia de amor. Entendámonos, no de amor entre ellos sino del amor entre Claudia y Julián.

Claudia era la hija de Leandro, un taxista recién jubilado antes de tiempo porque no podía seguir ejerciendo su profesión por temas de salud. La pensión le daba para vivir pero sin muchas alharacas. Aquí, su mujer también le echaba una mano porque era una especialista en hacer milagros con el dinero que entraba en casa.

Eso sí, seguía muy ligado a sus compañeros de profesión y no se perdía una partida de dominó o el aperitivo de los domingos. Y por supuesto, ir al cine con su mujer una vez por semana. Pero nada más.

Pues eso, Claudia empezó a salir con un chico colombiano, el Juli, (Julián Carlos), pero Leandro le puso inmediatamente el Juli que, en aquella época era un niño que toreaba becerradas en México. Leandro, tan taurino bautizó al novio de su hija así, y así se quedó con el beneplácito de todos, porque llamarle Julián Carlos a nadie le sonaba muy familiar.

Leandro empezó a temblar cuando los novios le manifestaron su deseo de casarse. Había dinero para unos "aperitivos", pero no para una boda por todo lo alto, por muy de pocas pretensiones que fuera, porque el problema, por así decirlo, era que iba a venir la familia de é,l y algunos amigos íntimos de la familia de toda la vida.

La familia en Colombia tampoco andaba boyante y Leandro sabía que no se esperaban nada del otro mundo. Pensaba en que el viaje ya era bastante oneroso y por tanto, él quería corresponderlos de la mejor manera: hacer una boda sin lujos, pero que fuera del agrado, sobre todo, de los que venían del otro lado del charco.

En la partida de dominó de los jueves, siempre dos mesas como mínimo, Leandro puso encima de la mesa la cuestión de la celebración de la boda. Las ocho personas allí reunidas, aportaban posibles soluciones pero ninguna era factible, porque lo de endeudarse con los bancos no iba con los criterios económicos de Leandro, sobre todo ahora, que el único dinero que entraba era el da la pensión.

El jueves siguiente, Manolo comentó que había estado hablando con un amigo, dueño de un restaurante, y que para unas 40 personas como mucho, les podría habilitaríun salón que tenia hace poco tiempo por algunas mejoras que quería acometer. Le haría muy buen precio y por supuesto muchas facilidades de pago.

Leandro hizo números y al final decidió que si se ajustaba los machos con los gastos podría pagar en poco tiempo al restaurante. También quería que la familia colombiana no pagara hotel, puesto que se iban a quedar una semana. Eso resultó mucho más fácil porque cuatro amigos taxistas de los de la partidas del dominó ofrecieron el "cuarto de invitados" de sus casas y así solucionado fácilmente (lo de cuarto de invitados era un eufemismo porque eran los cuartos de sus hijos que ya se habían largado de casa, unos para casarse, otros para vivir su vida, aunque algunos de ellos volvieron -algunos divorciados, otros sin trabajo- y el cuarto de invitados volvió a ser el cuarto de “la niña o del niño”).

Luego estaba lo de enseñarles Madrid y alrededores. Pero también se ofrecieron sus amigos.

Leandro cada vez estaba más animado. La familia llegaría dos días antes de la boda y luego se quedarían una semana más. Lo tenía todo preparado para ofrecerles una bonita boda, emotiva como no podía ser de otra manera.

Una boda de cine

Y ahora no se asusten, pero cuatro días antes de la boda sucedió el desastre. Aparecieron muchísimas humedades en suelos y paredes del restaurante del amigo de Manolo, después de tres días de lluvias intensas, que hacían imposible la celebración de la boda en este lugar.

Dando vueltas para intentar dar con una solución, de repente a Ramón se le ocurrió algo extraordinario. Un hijo suyo trabajaba de ayudante de decoración en una película que se estaba rodando en un palacete en las afueras. La casa era bastante aparente, y por su particular estética lo habían elegido para el rodaje, el cual contaba con amplias y elegantes estancias.

Cuando se lo comentó a su hijo, éste no salía de su asombro que su padre le pidiera poder celebrar allí la boda, parecía una locura.

- Me dijiste que teníais contratado este palacete por tres semanas ¿qué más te da dedicar el domingo, que no hay rodaje, a montar un banquete?
- Bueno, padre, se lo comentaré al realizador y al productor. Y porque es Claudia, porque es su boda, y porque viene la familia de Colombia, y porque…

Enseguida se lo comentó al realizador y al productor, que después de esos segundos de incredulidad, se miraron entre sí y dijeron.

- De acuerdo, pero con una condición: que les podamos grabar.
- ¿Cómo? Respondió el hijo de Ramón
- Sí, nosotros les dejamos el salón comedor decorado con muebles chippendale y ellos nos dejan grabarles. Seguramente nos sirva para algo.

El hijo de Ramón no sabía que decir y fue a contárselo a su padre, a continuación, se lo contaron a Leandro y le pareció una gran idea.

Todo salió como se esperaba. Ya no hubo ningún contratiempo más y la celebración fue espectacular: la comida rica, rica, totalmene casera, que habían preparado los amigos de las partidas de dominó y habían colocado a algunos de sus hijos de camareros con los esmóquines alquilados  para tal ocasión.

El realizador y el productor se integraron inmediatamente en la fiesta, sobre todo cuando empezó la música el productor se lanzó a bailar cumbias con la tía colombiana del Julián, aunque eso ya será otra historia que se la comentaremos si viene al caso.

Al final lo grabado nunca fue utilizado comercialmente pero si le hicieron un montaje que salió todavía mejor de lo esperado. ¡Quedó de cine!

Lo dicho, se casaron, fueron felices y comieron perdices.
 

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

En taxi a Italia

Esta historia, realmente de ensueño, nos la contó José H, taxista retirado y un gran amigo del auténtico protagonista.

 

De esto ya hace unos cuantos años. Francisco, tenía una vida bastante tranquila, formaba una familia completamente feliz junto a su mujer Julia, a la que adoraba, y por supuesto, también a su hijo Paco.

Los ingresos no daban para ahorrar mucho, pero eso si, en el día a día se manejaban bien. Desde hace mucho tiempo venían ahorrando para hacer el viaje de sus sueños, conocer Italia.

Lo primero que visitarían sería Roma y el Vaticano, claro está. Y luego…

Su mujer cayó enferma, y aunque desde el principio le dijeron que se curaría pronto, tuvo que estar un largo tiempo en el hospital. Él no quería dejarla sola bajo ningún concepto, y pasaba con ella todo el tiempo que le permitía prescindir de su trabajo. Los amigos siempre estuvieron ahí, y la ayudaban en todo lo que necesitase para atender a su hijo.

Francisco sabía cómo hacerle más llevadera la estancia de su mujer en el hospital. Le contaría los planes que había hecho para el inminente viaje a Italia.

Sin querer dilatar el viaje por más años, le dijo: -¡Vamos, en cuanto te recuperes… para allá que nos vamos!.

Francisco, con un poco de imaginación y muchísima documentación sobre Italia, empezó a idear rutas por la Italia desconocida, (para ellos).

Reproducimos algunas de las rutas, tal y como nos lo contó en numerosas ocasiones. Una de ellas fue la de Cremona. Le decía que al entrar en la llanura del Po -donde está Cremona- se oía música de violines.

-Sí, Julia, a medida que te acercas empiezas a oír música de violín. Nadie sabe de dónde sale.

Violín

Mientras hablaba, reproducía la música del concierto para violín de Mendelhson.

Los dos siempre cerraban los ojos y Francisco continuaba describiendo su viaje ide ensueño.

- De allí era Antoni Stradivari
- ¿El de los Stradivarius?
- Exactamente, pero hay muchos más lutieres repartidos en las calles aledañas a la Piazza del Comune.
- ¿Qué son lutieres?
- Los que hacen los instrumentos de música con sus manos, por eso suenan tan bien… Y según la leyenda son ellos los que tocan la música que se oye al acercarse a estos lugares porque, aunque ya han fallecido, su amor por la música permanece.
- Pero esta historia te la has inventado tú, ¿verdad?,
- ¿Yo? Ya me gustaría… respondió Francisco con un tono tan falso, tan falso, que nadie se lo hubiera creído, excepto su mujer.

Le hablaba de cómo sería la música que sonaría en las tavernettas a las que iban a ir, porque había conseguido una lista de las mejores a muy buen precio.

También le tocó el turno a los Dolomitas. Como allí hablan el ladino, le dio bastante recorrido para explicarle que el ladino puede ser el dialecto hablado por los sefardíes; pero también los habitantes de esas montañas se llaman ladinos que son muy astutos, por eso en castellano se dice que ladino es una persona muy astuta.

Y no podía faltar viajar a Módena, donde hacen el vinagre que tanto te gustaba a Julia.

A ella le encantaba, como Francisco le encandilaba con sus narraciones, que las vivían cómo si ya estuvieran en la mismísima Italia. 

Otra de las historias que le narró fue un paseo por la orilla del lago Cuomo.

- Mira, Julia, aquel pueblo es donde transcurre la novela “los novios” de Alejandro Manzonni
- Ay sí, me la leí en el instituto, qué bien acaba ¿verdad?
- ¡Fíjate en esa casa! 
- ¡Huy, qué preciosidad!
- Es la de George Clooney. Ayer conocí al jardinero y me dijo que cómo estaba rodando en Abu Dabi nos la enseñaría…
- ¿Y nos podremos hacer fotos dentro de la casa?

A Italia en taxi

El sueño para viajar a Italia, se restrasaría seguramente mucho más tiempo. Tanta era la ilusión que tenía Francisco por viajar con Julia a Italia que José y unos cuantos amigos decidieron regalarles el viaje, para que lo disfrutasen cuando a Julia le dieran el alta médica.

Francisco nos dijo que no podía aceptarlo, que podría pedir un crédito. Insistimos para que lo aceptase que ya nos lo devolvería cuando pudiera.

Finalmente, y tras casi ocho meses de hospital, a Julia le dieron el alta. Pocas semanas después sus sueños se hicieron realidad. Se fueron de viaje mucho antes de lo esperado, gracias al gran regalo de sus amigos, a los que estuvo eternamente agradecido.

 

 

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

Los Reyes Magos y un Belén Viviente

En el mes de enero de hace muchos años, un taxista se vio envuelto en una historia tan divertida que le llevó a ser protagonista de un Belén Viviente.

 

Como nos ha contado Enrique B.  El colegio de sus dos hijos se encontraba cerca de una parroquia, cuyo párroco era muy activo y organizaba siempre junto con el colegio eventos por Navidad.  En aquella ocasión consistió en la interpretación de un Belén Viviente, al que como cierre llegarían los Reyes Magos. 

Así nos lo cuenta Enrique:

Se presentaron tres candidatos a Melchor, Gaspar y Baltasar. Mi mujer, que siempre estaba involucrada en todas las actividades del colegio, por suerte, no me propuso como Rey Mago, pero sí se ofreció a que yo los trasladase en el taxi, ya que alquilar unos camellos, o incluso unos caballos, "no entraría en el presupuesto". Yo manifesté mi oposición, pero las palabras de mi mujer fueron::

- ¿No serás capaz de no colaborar ese día mágico?, al menos hazlo por tus hijos, que van a estar esperando con ilusión la llegada de los Reyes Magos. 

Ni que decir tiene que acepté sin mayores reparos. Me dio las direcciones de las personas que harían el papel de los Reyes para ir a recogerles, todos ellos también padres de niños del colegio.

- Tienes que estar a en punto… no te retrases ni un minuto que está todo totalmente sincronizado. -Me advirtió.

Belén navideño

Así pues, el 5 de enero del año en cuestión a las cinco de la tarde pasé a recoger a Baltasar, el primer Rey Mago de la ruta.. Llamé al telefonillo y enseguida se personó el primer voluntario, era de origen guineano, y debido a su procedencia no tuvo que maquillarse ni nada, sus vestiduras lo hacían un Rey como de verdad. Estaba todo orgulloso de su recreación, no era para menos.

Se subió en el coche y nos dirigimos a recoger a Gaspar, que ya nos esperaba en el portal de su vivienda. También se presentó muy elegante y aparente.

Nos faltaba solo recoger al último de los voluntarios, Melchor.

Cuando llegamos a su domicilio no estaba preparado, y nos encontramos con la sorpresa. Su mujer nos dice que su marido no se encuentra bien, que está indispuesto, por lo que le sería imposible ir a la representación del colegio.

Subimos al piso, y entre todos empezamos a buscar soluciones. Dada la hora que era, la puntualidad con la que teniamos que llegar, y la dificultad de encontrar otra persona que hiciese el papel de Rey Mago, no tuve más remedio que ejercer yo. 

El tallaje del traje no era exactamente de mi medida y tuvimos que hacer encaje de bolillos para que me ajustase lo mejor posible. Eso si, las barbas blancas, muy logradas.

La siguiente pregunta fue: ¿qué era mejor: que nos subiésemos en otro taxi o que llevase yo el mío? 

- Mejor otro taxi, asentimos todos.

Paramos un taxi, y que casualidad, el taxista era amigo mío, no pudo disimular la risa al reconocerme, estaba claro. A punto de llegar al colegio, de repente, Gaspar se acuerda y me dice:

- Y claro, tú no te sabes el texto que tienes que decir.

Como iba sentado delante me vuelvo con cara de sorpresa y apenas pude balbucear.

Imprevista participación en un Belén Viviente
Fuente: Madridiario.es

- ¿Qué tengo que decir? -respondí.

Me entregó un papel, no era un párrafo largo, aunque en ese monento parecía todo lo contrario. Intenté memorizarlo, pero entre los nervios no retenía bien el texto en mi memoria.

En esto, llegamos al colegio donde la algarabía era tremenda. El taxista nos abrió ceremoniosamente la puerta y ahí salimos los tres Reyes Magos.

No os podéis imaginar la cara de mi mujer –que estaba en el séquito de recibimiento a sus majestades- cuando me vio aparecer.

Nos condujeron al salón de actos, que era donde estaba el Belén Viviente y aparecimos en el escenario, en medio de una atronadora ovación por parte de niños emocionados y mayores impacientes.

Ya iba yo lanzado a poner mis regalos a los pies del niño Jesús cuando Gaspar dijo en voz alta.

- Rey Melchor, antes de entregar los presentes, di unas palabras a todos estos niños.

Me quedé mudo porque no me acordaba ni una sola palabra del texto. Pero algo tenía que decir, así que ni corto ni perezoso se me ocurrió:

"Parshen  detni fimijat, kemi ardur par sejella shum iluzion dhe magji"

Todos se quedaron de piedra. Gaspar y Baltasar los primeros. Me acerqué un poco a Gaspar y le dije susurrándole al oido:

- Por favor, ahora tradúcelo.

Y dio un paso al frente, hacia la sala en la que reinaba un tremendo silencio

-Lo que os ha dicho el sabio Rey Melchor en el idioma de los magos es que los niños debéis dar ejemplo con vuestra actitud solidaria a todas las personas que tenéis a vuestro alrededor para que este mundo donde vivimos sea más agradable y más justo para todos.

Bueno, realmente no me acuerdo muy bien del texto, pero creo recordar que fue algo así.

Al final, menos mal que todo resultó un éxito.

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

Taxi circulando por Madrid

Normalmente, cuando te das un golpe en el coche todo es un fastidio, pero en ocasiones, se le puede dar la vuelta cuando la fortuna se pone de tu parte.

 


Esta historia nos la contó Luis H. con una amplia sonrisa en la cara. Era una Navidad de los 90. Tenía entonces 23 años, y se había comprado un coche, como casi todos, en “cómodos” plazos que tenía que pagar religiosamente cada mes.

Luis estuvo trabajando de camarero los fines de semana en un restaurante céntrico de la capital, pero por motivo de jubiliación, el dueño del local cerró el negocio.

El padre de Luis era taxista, y sabiendo lo que le gustaría que su hijo también lo fuese, le planteó la posibilidad de empezar a trabajar algunas horas el taxi. Como es lógico, su padre se animó con la idea, y solo le puso una condición: que tuviera impecable el coche.

Luis llevaba ya algunos años conduciendo y nunca había tenido golpe alguno. Aunque, está claro que no es el mismo conducir un coche particular que un taxi, con la advertencia de su padre, Luis sería todavía muchísimo más prudente.

Así estuvo unos cuantos meses, disfrutando de su nuevo trabajo, que le permitía seguir pagando las letras de su coche. Cercanas las fechas de las fiestas navideñas, su flamante coche tuvo una avería inesperada que le haría cambiar todos los planes personales para esas fechas. Sin duda, era una gran faena porque necesitaba su coche

Los quebraderos de cabeza con el concesionario para solucionar el tema de la avería del coche, y tanto darle vueltas a su mala suerte, en un momento de despiste, aparcando el taxi tocó una moto que se enconraba detrás, tiránola al suelo y causándola un un pequeño arañazo. Asustado por el toque, salió a toda prisa del coche echándose las manos a la cabeza, pidiendo incesantemente perdón al motorista que se encontraba junto a la moto a punto de subirse a ella.

El motorista como es normal, estaba bastante enfurecido y empezó a increpar a Luis por su despiste. Luis sabía, porque él también había tenido una moto, lo que puede  enfurecer a un motero este tipo de percances por las fatales consecuencias que puede acarrear. Más o menos estas palabras fueron las que tuvieron: 

Moto amarilla

- Perdón, perdón, ¿está usted bien? Dijo Luis.
- Yo sí estoy bien, aún no me había subido a la moto. Pero como puede dar marcha atrás sin mirar. -Me respondíó gritando con voz muy alta..
- Lo siento de verdad, estaba con la cabeza en otra parte y no me di cuenta.
- Menos mal que aún no me había subido a la moto, porque también seguramente yo también me hubiera visto en el suelo. Esos despistes pueden costar una desgracia. - Me respondió también muy enfadado.

Luis ayudó al motorista a levantar la moto del suelo y a comprobar si tenía algún daño.

Automáticamente, a Luis le vino a la cabeza la petición de su padre de que tuviera impecable el coche, y aunque no era el caso porque el taxi no tenía ningún desperfecto, que los tuviera la moto, si era un problema, significaba dar un parte y cómo no, un pequeño disgusto a su padre.

Estuvieron mirando si la moto tenía algún tipo de daños por el golpe. Y efectivamente, la moto si presentaba un pequeño golpe en el cadenado.

Pero honradamente, el motorista le dijo a Luis que esos daños ya los tenía desde hace unos días, por otro percance que había sufridio, pero con la salvedad de que en esa ocasión no se encontraba él presente, y la persona que con su coche le había tirado la moto al suelo, no dejó ninguna nota.

Luis, se quedó asombrado por la honestidad de esta persona, ya que le podría haber engañado y haber abusado ese momento para culparle, y poder de mala fe intentar arreglar la moto.

De forma casual, Luis y el motorista se encontraban justo enfrente de un despacho de loterías, y ni corto ni perezoso Luis se acercó de manera impulsiva a este establecimiento, compró dos décimos de Navidad, uno para cada uno. El motorista no lo aceptaba, pero bueno, al final lo pensó y dada la insitencia de Luis en agradecerselo, lo aceptó.

Y que suerte la de Luis y el motorista en ese cruce de caminos aquel "fatídico" día. Les tocó un pellizco considerable de la loteria de Navidad que había comprado. Aunque no volvió a coincidir ni a saber nada del motorista,.seguramente porque no fuese del barrio, le hubiera encantado volver a coincidir, y celebrar esa suerte con él.

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

Un taxista poeta

Esta historia sucedió hace pocos años. Ángel M., taxista de profesión, y con una gran sensibilidad artística por la lectura y la poesía.

 

Le gustaba desde siempre jugar con las palabras. Ya en el colegio sacaba buenas notas en literatura, aunque en las demás, la verdad, no era tan bueno. Se pasaba muchas horas del día leyendo y ello redundaba en que el esfuerzo para sacar las otras asignaturas se resintiera. Al principio leía libros de ciencia ficción. Y poco a poco su imaginación empezó a volar. Se inventaba historias y más tarde fue pensando que él también podía escribir algo. Siempre le encontró sentido a la literatura, y pasó de los de ciencia ficción a leer libros de literatura universal y ensayos sobre la creación literaria.

También leyó mucho sobre novela romántica, lenguaje que ha sabido utilizar para ser todo un galán con las mujeres. Pero bueno, no era de este aspecto de su vida del que nos habló principalmente Ángel.

De siempre quiso escribir un libro, pero no sacaba tiempo para ponerse delante de una hoja en blanco, ya que comenzó a trabajar con su padre, iniciando así su profesión de taxista.

Sobre el taxi, ya sabía bastante por todo lo que su padre contaba en casa. Y es ahí donde encontró el enganche con la escritura: seguro que él sabría transformar en historias atractivas, las simples anécdotas que contaba su padre.

Película romántica
Fuente: caratulasdecine.com

A medida que pasaba el tiempo veía que su dedicación al trabajo junto a su tiempo de ocio mermaban las horas que podía dedicar a escribir. Y ahí fue cuando pensó que, si no podía escribir un libro, escribiría poesías, poesía moderna, claro está, nada de eso de rimar que está ya pasado de moda. A él le gustaba la escuela del versolibrismo. Así, cuando estaba en una parada, aprovechaba para coger su cuaderno de notas y escribir de manera espontáne con su imaginación.

Nos contaba Ángel que escribía una poesía muy cotidiana, sobre la belleza de las cosas simples. Y nos preguntó que si habíamos visto la película Paterson, que trataba de un conductor de autobuses que en sus ratos libres escribía poesía sobre cosa cotidianas, como una caja de cerillas.

Esa película le había emocionado y le había llegado muy profundo. En esencia, los dos –el protagonista de la película y él eran conductores de un servicio público- y eso creaba muchas sinergias.

En una ocasión subió a su taxi un escritor muy reconocido. Empezaron a hablar, y Ángel no pudo resistir la tentación de confesarle su pasión por escribir.

Su cliente acudía como conferenciante a un congreso sobre el poeta William Carlos Williams, casualmente, uno de sus escritores sobre el que había leído bastante. Ni corto ni perezoso, después de llevarle a la dirección que le había indicado, minutos después decidió asistir por voluntad propia a la conferencia, siempre y cuando no le pusieran ninguna pega para acceder al recinto. Estaba seguro de que resultaría muy interesante y enriquecedora.

Efectivamente así, fue. El escritor explicaba durante su intervención cosas que a Ángel le sonaban a chino sobe el proceso creativo, la elección de palabra, el ritmo, la eufonía, y esas cosas.

Un taxista poeta

Al término del congreso el escritor le reconoció, y le sorprendiéndole su asistencia. El escritor agradeció su presencia y aprovechó para pedirle si podía llevarle de regreso al hotel.

Ya en el taxi, conversaron sobre la exposición de los temas tratados, y el escritor le preguntó a Ángel, que le había parecido:

- Bueno, por mi parte, -respondió Ángel-, creo que necesito aprender más sobre construcción poética.
- Eso le pasa a muchos –le contestó el escritor-. A los que les gusta leer se creen que escribir es fácil y no se dan cuenta de que eso es la habilidad del autor por hacerlo fácil. Había una representante de escritores muy famosa que decía que el problema en España era que había más escritores que lectores.
- Diijo Ángel: Entonces usted cree que...
- Usted puede hacer lo que quiera, pero si piensa que va a poder vivir de la escritura no creo que sea la mejor opción…
- Entiendo, ¿pero si le envío mis poemas los leería y me daría su opinión?
- Si claro, envieme uno de sus mejores poemas, y le prometo leerla y darle mi opinión.

El taxista poeta

Ángel le remitió por correo uno de sus mejores poemas a la dirección que le había indicado. A los pocos días recibió una respuesta rápida y muy sincera en la que le decía, en resumidas cuentas, que siguiera siendo un escritor de ratos libres y un buen amateur de la lectura... Vamos, que no era lo suyo como para dedicarse a ello como profesinal.

Ángel, sigue trabajando con el taxi. Su hobby preferido sigue siendo la lectura y dsfruta de ello todo lo que puede. Nos dijo, y presume de ello, que aunque lo más grande que hace, además de dedicarse con todo su cariño al Taxi, es inculcar a sus hijos desde muy pequeños eso tan extraordinario y hermoso que abre tantas ventanas a mundos diferentes, como es la lectura, leyendo junto a ellos.

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

Taxi en Madrid

Las anécdotas que nos cuentan los taxistas son de lo más variadas, interesantes y, la mayoría de las veces, divertidas. Esta es la que nos contó Manuel G.

 

Poco más o menos así nos lo contó el bueno de Manuel que en aquella época, la década de los 80, tenía unos 25 años. El relato empieza así.

Lo recuerdo perfectamente: eran sobre las ocho de la tarde y ya regresaba a casa porque llevaba desde primera hora de la mañana en danza. Me pararon dos mujeres, que parecían madre e hija, portando una maleta voluminosa pero de poco peso, que guardé en el maletero.

Efectivamente, eran madre e hija y como tales, estaban discutiendo por no sé qué historia. Otras veces no tienes más remedio que oír de lo qué hablan, pero en ese momento yo estaba estaba muy pendiente del tráfico y pensando también en mis cosas.

Las dejé en la dirección que me indicaron, y se marcharon igual que vinieron: discutiendo. No me di cuenta ni yo, "se dejaron la maleta voluminosa en el maletero". Cosa rara en mí lo de olvidarme de entregar una maleta, pero así ocurrió.

Cargando maletas en el taxi
Fuente: abc.es

Al día siguiente cuando fui a recoger el coche al garaje, de repente me entró la duda. Abrí el maletero y efectivamente, allí estaba la maleta.

¡Dios mío! –exclamé- ¡La maleta!

La verdad es que en el taxi, los clientes se han dejado olvidados los objetos más inverosímiles. En una ocasión, un niño acompañado de su padre se olvidó una pequeña tortuga. Ahora, lo que se dejan son, sobre todo móviles, Las gafas y los paraguas siempre son una constante histórica de obetos olvidados.

No me apetecía nada la idea de ir a la oficina de objetos perdidos, pero qué remedio… Eso iba a suponer perder tiempo. Pero me acordé muy bien del lugar donde las había llevado, aunque no sabía si sería o no su casa, ya que muchos viajeros no dicen siempre la dirección exacta donde van.

Pensé que no estaba de más hacer una indagación al respecto. Me acerqué al número de la calle donde las había acercado, y le conté al portero de la finca lo ocurido dándole una descripción aproximada de las dos mujeres.

Claro que las conocía: era la madre y la hija y además, la hija se casaba ese mismo día. En ese momento me di cuenta de donde provenían los nervios de ambas mujeres.

Cogí la maleta del coche y subí hasta el piso. Me abrió la puerta la hija y en cuanto vio la maleta empezó a chillar.

- Mamá mamá, mamá, la maleta, han traido la maleta  Aquí hay un taxista con la maleta.

Los chillidos continuaron desde dentro de la casa y cada vez con más claridad lo que era signo evidente de que la emisora de los chillidos, la madre, venía hacia la puerta.

- Me ha salvado la vida. Aquí tengo el traje para la boda de mi hija. Dios mío, quería morir. Se lo agradezco mucho.

Abrió la maleta delante de mí, allí mismo, en el recibidor de la casa y cogió con sumo cuidado el traje típico de las madrinas o de las señoras que quieren ir con elegancia a las bodas: un traje largo, azul eléctrico con una flor blanca bastante grande a la altura del escote.

Madre e hija se volvieron hacia mi con signos evidentes de gratitud y de esa serenidad que proporciona el haber solucionado un problema.

- No sabe lo que se lo agradezco, me dijo en repetidas ocasiones. Ni se imagina lo que hubiera sido no poder estrenar este traje en la boda de mi hija

- Bueno, yo…

- Ah, claro, Querrá una gratificación ¿no?

- No señora, esto es parte de mis obligaciones. No le estoy pidiendo una gratificación, sino que me abone el tiempo que he empleado en venir para devolverles la maleta. Dije en broma.

- Por Dios, claro… Y además, se lo gana muy honradamente. Se lo vuelvo a agradecer enormemente..

Celebración boda en Madrid

Se volvió y llamó a su marido en voz muy alta. Este vino rápidamente con el pantalón de esos tan elegantes, de frac. Su mujer le puso en antecedentes y el marido sacó la cartera y cogió dinero

- Tome buen hombre y sepa que le estamos muy agradecidos. Me dijo.

- No, por favor, que era una broma. El despeste también fue mio al no acordarme que había guardado su maleta en el maletero del taxi.

Entonces la señora tomó la palabra y habló con su marido.

- Oye, Luis, nosotros vamos a necesitar un taxi para esta tarde. Podríamos decirle a este señor que nos recoja ya que no cabemos todos en los coches de Luis y Carlos. 

Se volvió hacia mí para explicármelo.

- Son mis hijos que nos llevan en coche, pero no cabemos todos. Además, nos podría esperar también a la salida de la boda, porque lo más seguro es que necesitemos un taxi como mínimo, para ir después al restaurante.

Al marido le pareció perfecto y a mí, de perlas. Tenía así la tarde programada.

Además, siempre contaron conmigo cada vez que alguien de la famlia necesitaba coger un taxi.

 

 

 

Circo

Leandro F., taxista ya jubilado, nos contó la siguiente historia que le ocurrió en los años setenta

 

Mi hijo iba a un buen colegio gracias a una beca que había conseguido por sus estudios. Era muy tímido y le costaba hacer amigos, lo que aprovechaban algunos para gastarle bromas pesadas contínuamente, acciones que él nunca me contaba. Es lo que ahora se llama bulling o acoso escolar.

Un día que fui a recogerle, –cosa que no solía hacer, pero que aquel día me pilló de paso-. El padre de un compañero suyo, me alertó que mi hijo era objeto de burlas por parte de algunos, y particularmente de uno, un chico fuerte, con gran fama de protagonista.

Lo traté muy discretamente en el colegio con el director, indicándome éste desconocer lo que le estaba contando, pero que pondrían toda la atención para tomar las medidas necesarias en caso de ser cierto.

Cuando me enteré de que quien era el padre, persona que conocía solo de lejos, y que vivía muy próximo al colegio, me acerqué a verle un sábado que yo libraba convencido de que tendría mayor efecto si hablaramos personalmente, para explicarle en primera persona lo que estaba ocurriendo en el colegio. No podía esperar a que me dijeran algo en el colegio, y pensé que de esta forma sería más fácil y rápido intentar dar solución a esta situación cuanto antes.

En la puerta de la vivienda había una parada de taxis, casualmente varios compañeros que yo conocía estaban de servicio, lo que me vino de perlas, al menos para desahogarme antes, contándoles lo sucedido, situación que se me antojaba complicada y emocionalmente difícil. Aunque no estaba de servico dejé el coche aparcado al final de la parada de taxis durante el rato que duraba mi visita. 

Fotos de Madrid
Fuente: m.forocoches.net

En el mismo momento que iba a llamar al telefonillo, se abrió la puerta de la calle y apareció este señor con su hijo  Me dirigí hacia él, solicitándole unos minutos. Subimos a su casa y le puse al día de todo aquello que yo sabía, y que con toda seguridad sería muy poco en cuanto a la actitud y comportamiento de su hijo hacia el mío.

En un principio, su defensa fue negarlo todo, ya que su hijo para él era un niño perfecto incapaz de hacer alguna maldad, pero a medida que iba hablando su discurso fue cambiando y acabó diciendo que, bueno que algo de verdad podría tener, reconociendo que en el fondo su chico es de carácter muy fuerte y dominante.

No quería hablar más sobre el tema, y me dijo por favor, que ya habiamos terminado, que muchas gracias, y que hablaría sobre ello con su hijo, que tenían mucha prisa y se les hacía muy tarde, pues tenía que llevar a su hijo al circo. Entendí que no querría escuchar más cosas negativas sobre su hijo.

A los pocos minutos cuando ya me estaba despidiendo de un compañero salieron padre e hijo a la calle, entiendo que después de hablar un rato sobre todo lo que le había contado. 

El hombre con una actitud altiva levantó la mano a un taxi que se acercaba, paró un momento por cortesía, y el padre le dijo:

- Por favor, llévenos al circo Price y rápidamente que llegamos muy tarde. 

El taxista le respondío:

- Lo siento caballero, he parada un momento para decirle que aquella otra persona que se encuentra allí ha solicitado antes el servicio. Y reinició la marcha.

Circo Price en Recoletos
Fuente: wikipedia.org

El hombre, angustiado, observó que había un taxi aparcado al final de la parada de taxis, pero sin conductor. Y exclamó alterado. 

- ¿Y ese taxi?¿Y el conductor?  - Soy yo respondí, es mi taxi.

Se quedó cortado y me rogó que le llevara al circo Price.

- Bueno, yo le llevaría… pero es que hoy libro.

Viendo lo que estaba sucediendo, la hora que era y como se estaba poniendo su padre entre unas cosas y otras, su hijo arrancó a hablar y dijo algo que me enterneció:

- Si nos lleva al circo le prometo que nunca más volveré a molestar a su hiijo.

Y digo que me enterneció porque además de reconocerlo delante de su padre, sentí que lo había dicho con total honestidad y sinceridad.

Cartel Circo Price (todocolección.net)
Fuente:todocoleccion.net

- ¿Me puedo fiar de tu palabra? A lo mejor lo estás diciendo para que os lleve y el lunes seguirás con tus burlas.

Y en esto, el padre intervino.

- Ha dado su palabra. Si vuelve a meterse con su hijo, me lo dice y entonces tendré que tomar medidas. Se puede ser un poco gamberro, pero no faltar a la palabra dada. Se volvió a su hijo y le dijo:

- Has dado tu palabra. No puedes faltar a ella.

El chico asintió ,y entonces les dije:

- Ahora si quieren les llevo, claro desinteresadamente.

Durante el trayecto, la conversación que mantuvimos estuvo llenas de palabras de perdón y disculpas por parte del chico.

Al final llegamos a tiempo, justo con la función a punto de comenzar.

Ni que decir tiene, que mi hijo en lo sucesivo nunca más le volvieron a moestar ni incordiar en el colegio. Es más, emepezaron a mantener poco a poco cierta amistad mientras estuvieron en el colegio. Con el paso de los años por circustancias de la propia vida, sus caminos fueron muy ligados en el mundo profesional y hoy por hoy los dos son dos grandes amigos.

Además, todos los años cuando pueden van al circo con sus familias.

 

 

 

 

Tráfico en Madrid junto a la Plaza de Cibeles

Carlos J H nos contó una anécdota verdaderamente asombrosa. Nos pareció sorprendente, una historia divertida que a veces tomaba carácter de humor negro.

 

Corría un día de 1999, cuando alguien justo en el bordillo de la acera levantó un bastón, se trataba de una persona invidente que solicitaba un taxi. Me acerqué, salí del taxi y le ayudé a entrar en el coche, pero antes de hacer ningún movimiento me hizo una pregunta bastante enigmática.

- ¿Hace cuántos años lleva en Madrid?
- De toda la vida, nací aquí.
- ¿Y cuántos años lleva de taxista?
- Casi 25 años…

A él le pareció buena contestación a tenor de la sonrisa que puso y entró en el coche. Una vez que yo ya me puse al volante le pregunté a dónde quería ir y la contestación me dejó mudo.

- Lléveme a ver la ciudad.

Ustedes comprenderán mi asombro. Yo sé que mucha de esta gente es muy graciosa y como chiste me parecía bien, pero que ya me encargara una cerrera en esas condiciones…, vamos, estaba totalmente ofuscado.

- Perdone señor, pero no le entiendo.
- Lo he dicho bien claro ¿no?. Por favor, lléveme a ver la ciudad para ver si ha cambiado mucho. Llevo ya 20 años con este problema en la vista y quiero ver como ha evolucionado mi ciudad. .
- ¿Y cómo se va a dar cuenta de cuánto ha cambiado? 

- Usted me dijo que era de Madrid y me imagino que debe conocer muy bien su historia siendo, además, taxista.

Coches circulando en Madrid
Fuente: fotomadrid.com

Razón no le faltaba al hombre, pero yo creía que era mejor que fuera con alguien de su familia y así se lo hice saber.

- Mire usted, solo tengo una sobrina de muy pocas palabras, muy buena chica, eso si, pero que solo me acompaña para ir al Teatro Real y cosas así. No tiene mucho tiempo y me ha dicho que eso de ver la ciudad es una tontería.

El buen hombre debía de pasar ya de los 60 años. O sea, que a los 40 fue cuando tuvo su enfermedad, que le ocasionó la ceguera, con lo que podía tener una imagen bastante clara de la ciudad.

Circulación en el scalextric de Atocha en Madrid
Fuente: forocoches.com

Me inventé una ruta por el Madrid de los scalextric. Mi primera parada fue, obviamente Atocha, donde se encontraba el scaletrix que se desmanteló años atrás.

- Pues mire usted que era feo y contaminaba a toda la plaza. No puedo ver cómo queda ahora, pero me imagino que más o menos como antes de su fatídica construcción.

- Ahora está preciosa, y la estación de tren, magnífica, incluso construyeron un entorno con jardín tropical
- Si, ya lo sabía, lo vi cuando viajé a Sevilla en el AVE en la Expo del 92, comentó.

Le miré por el retrovisor y vi que sonría.

- Bueno, la vi a mi manera no se vaya a creer que le estoy tomando el pelo....

Seguimos por la Castellana y me contó sobre todos los palacetes que se habían ido derribando desde los años 50 cuando entró la fiebre por el ladrillo. En un momento dijo:

- Había más palacetes en la Castellana que freidurías en la calle Fuencarral. ¿Y ahora cuantas freidurías quedan? Añadió.
- Con lo que a mí me gustaban, dije.

Y me quedé pensando con nostalgia: ya no queda ni una.

Edificio de Madrid
Fuente: secretosdemadrid.es

Como iba hablando, llevaba el coche a muy baja velocidad para que mi viajero pudiera sentir la ciudad, un coche tocó el claxon para llamarme la atención ya que estaba entorpeciendo la circulación, y a ráiz de ello comenzamos a hablar largo y tendido de todos los coches que yan han pasado a ser objeto de colección, y de los coches quie se fabricaban ahora.

Nos dirigimos al scalextric de Cuatro Caminos. Otro scalextric desmontado años más tarde.

- Cuantas atrocidades se cometieron en aquellos tiempos, Lo bueno es que los scalextrc han pasado y pasarán a mejor vida. Y eso que nos parecía lo más en aquella época.

Circulación en Madrid
Fuente: tetuan30dias.es

Mi viajero añadió: 

- Si, así es, y nos olvidamos del scalextric del Paseo de Santa María de la Cabeza, que vi inaugurar en 1971, dado que yo vivía muy de cerca allí. Me pareció horroroso desde el principio. Otro que tendrá que pasar a mejor vida. Desmantelamiento que también se llevó a cabo años después.

Le pregunté qué adonde íbamos después de haber realizado todas las visitas por lo escalextrics de Madrid,y me indicó,

- Ahora lléveme a ver Torres Blancas, que como sabe usted, ni son torres ni son blancas. Se quedaron sin dinero y no pudieron hacer la segunda torre proyectada y tampoco pudieron dar ese tono blanquecino, quedándose por ello en cemento a la vista.

Parecía que conocía bien sobre el tema. Cuando pasamos por Torres Blancas. Dijo que siguiéramos un poco más por la carretera de Barcelona, hacia el edificio de la Pagoda porque para el, supuso una barbariie en contra del buen gusto, el sentido común y la excelencia arquitectónica: su reciente derribo.

Edificio Pagoda en Madrid
Fuente: 3bp.blogspot.com

- ¿Sabe usted que mucho arquitectos y personas de la calle no quieren mirar lo que han construido en vez de la Pagoda? Se les nubla la vista. Igual que a mi.

Esta carrera me llamó mucho la atención, ni que decir tiene que tuvo un gran efecto en mí y sobre todo en mi manera de ver mi ciudad. Desde entonces me fijo mucho más en todos aquellos  detalles que la componen –y no me refiero únicamente a monumentos, sino a una casa graciosa, una calle con encanto, una placita ignota- porque las freidurías de la calle Fuencarral, esas sí que no volverán, etc...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje en taxi

De entre las numerosas anécdotas que tienen los taxistas hoy sacamos la que le sucedió a Raimundo G. J. hace ya varios años: un viajecito a Guadalajara en el que no paró de pinchar.

 

Salí muy de mañana de mi casa para coger el coche y me encontré en el ascensor con un vecino que tenía el sambenito de que era un cenizo. Yo no creo mucho en esas cosas, pero tampoco las descarto del todo. Cogí el taxi con la mosca detrás de la oreja y me dije a mí mismo que me tenía que quitar la absurda idea de que, por ver a mi vecino, el día se me iba a dar mal.  Hice un par de carreras un poco flojas y de repente me para un hombre con muy buena presencia, y me dice que le lleve a Guadalajara. ¡Eso sí que era alegrarme el día!

Me reí para mis adentros del vecino cenizo y puse rumbo a la Nacional II destino a Guadalajara. Serían las 11 de la mañana y el cliente me dijo que no fuera con mucha prisa porque tenía miedo a que ocurriera un accidente y a él le gustaba ir tranquilo. Además, faltaban como tres horas así que había tiempo de sobra.

Empezamos el trayecto y a la altura de Torrejón ¡zas! un pinchazo. Me bajé y me dispuse a cambiar la rueda. En ese momento sí me acordé del cenizo. Pero bueno, una rueda se le pude pinchar a cualquiera, que para eso llevamos otra de repuesto. Abrí el maletero, cogí las herramientas y la rueda y la puse sin más problemas. Como no quería mayores problemas le pegunté a mi cliente si no lo importaba que parase en un taller que nos quedaba de camino para arreglar el pinchazo, por si las moscas.

No, no  se preocupe, así me tomo un cafelito tranquilamente. Me dijo con total tranquilidad.

La rueda la arreglaron con cierta celeridad y, cuando acabaron, entré a la cafetería a invitarle el café a mi cliente, pero no me lo permitió.

Reanudé la marcha tan feliz y comentamos animadamente el incidente.

-¿Y se le pincha mucho las ruedas? Dijo mi cliente.
-En realidad, no. Llevaba más de tres años sin tener ningún pinchazo.
-Entonces es normal ¿no? Porque alguno siempre le echa la culpa a algún gafe.

Me recorrió un escalofrío por el cuerpo y me quedé callado. Me vino la imagen de mi vecino y mi preocupación fue que desapareciera cuanto antes. Llevaba ya casi cinco minutos en esa pelea cuando ¡zas! ¡otro pinchazo!. Me orillé a la cuneta sin creérmelo. No podía ser.

- ¿Hemos pinchado otra vez? Preguntó con voz bajita mi cliente.
- No le quise contestar por la obviedad, aunque si asentí con la cabeza.
- Menos mal que arreglé el pinchazo. Si no, vaya papelón.
- Volví a repetir lo del maletero, el gato, la rueda de repuesto, etc., y en unos minutos ya estábamos otra vez en marcha.
- ¿Vamos a parar en otro taller? Me preguntó.
- No, porque sería increíble que volviéramos a pinchar. Si pincháramos otra vez haría una quiniela, porque seguro que acertaba los 14.
-  ¡Uy! No se fíe, cuando las situaciones están gafadas…

Otra vez el gafe de mi vecino, pero esta vez iba a desafiar al destino. No arreglaría el pinchazo hasta que dejase al buen hombre en Guadalajara. Luego ya tendría tiempo de dedicarlo al coche.

Coche sin rueda

Continuamos el viaje y estábamos a 20 km de Guadalajara cuando… ¿qué pasó? Efectivamente, volvimos a pinchar. Y esa vez, yo ya no llevaba rueda de repuesto. Bueno, la llevaba, pero también pinchada. Mi vecino el cenizo volvió a aparecer.

Yo no sabía qué hacer: si decirle unas cuantas cosas o cambiarme de casa. No podía ser que, por solo cruzarme con él, me pasara todo esto. Pero pensé en mi cliente, que estaba a punto de no llegar a tiempo a su destino.,Tenía que buscar algún plan.

La solución era parar a alguien, que me llevara a una gasolinera o taller para vovler a arreglar la rueda, que otra persona me trajera de vuelta, colocar la rueda y seguir viaje. Entre media hora, en la más óptimas de las situaciones y dos horas, poniéndonos en lo peor. Pero tal y como iban trascurriendo las cosas era mucho mejor ponerse en lo peor. Con lo que mi cliente no llegaría a su hora prevista a Guadalajara.

Me puse al lado de la carretera con el capó abierto, para que la gente se diera cuenta de que tenía el coche estropeado.  Hice un ademán con la mano para que parasen. Pasaron unos cuantos  coches, pero ninguno paró. Tampoco`pasó ninguna grúa que pudiera auxiliarme.

Vi venir a lo lejos lo que parecía un taxi. Por cuestión de compañerismo tendría que parar, y así fue. Se bajó y me preguntó que qué me pasaba y le conté todo. Su viajero también bajó y resultó ser amigo del mío. Por lo visto tenían como destino la misma celebración en Guadalajara.

Rápidamente pensé un plan bastante lógico. Nos íbamos los cuatro en el otro taxi, a mí me dejaban en un taller, mi compañero llevaba a los. Si me pagaba algo mi cliente, bienvenido, pero tampoco le iba a pedir el importe de la carrera después de todo lo que había ocurrido.

Pero… el cliente del otor taxi dijo, no se si de broma, ¡que ni hablar!, que no iba con mi cliente en el mismo taxi, que lo sentía mucho, porque con lo gafe que era su amigo no quería correr ningún riesgo.

- Hombre, no será para tanto. No se le puede echar la culpa de mis pinchazos. alegué, pensando en mi vecino.
-Mire usted –me dijo con mucha educación- lo conozco desde hace veinte años y no me subo a un coche con él ni aunque me paguen. La última vez se nos rompió el embrague. Cuando vino la grúa a recogernos, también se estropeó. No sé si serán casualidades, pero no voy con él, aunque sea mi amigo.

 

Núcleo urbano

Bueno, bueno, bueno. O sea que el gafe no era mi vecino, sino mi cliente.  Estaba barruntando lo de mi vecino y lo de mi cliente cuando su amigo dijo:

- Lo que podemos hacer es que su compañero le preste la rueda de repuesto, –y recalcó- pero no vamos juntos, y cuando lleguemos, cada uno pagamos su viaje y fin.

No era mala idea. Mi compañero me dejó la rueda de repuesto, la cambié inmediatamente, dada mi soltura, y salí el primero con mi compañero detrás por si me pasaba algo. Noté que mi cliente iba un poco avergonzado, y me dijo:

- No se creerá lo que ha dicho mi amigo de que soy gafe ¿verdad?
- Mire, la verdad es que yo no creo en esas cosas, pero lo que ha pasado hoy ha sido muy raro.
- Entonces usted cree que yo…
- No, no, de verdad. No se preocupe.

Entonces fue cuando estuve a punto de complicarme la vida para siempre jamás porque me preguntó:

- Entonces me podría dar su número de teléfono para cuando tenga que hacer un trayecto largo.

Ahí reaccioné rápido y le di mi número de teléfono. Bueno, no fue exactamente mi número de teléfono. Cambié un par de cifras para que nunca volviera a cruzarme con este gafe.

Por cierto, hice la quiniela esa tarde. Y como siempre, acerté seis, pero a mi vecino, a partir de ese día, le sonreí con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Todos los taxistas tienen alguna historia de la que se acuerdan con cariño. La de Pedro S. es la típica historia romántica cuyo taxi tuvo bastante que ver. Así es cómo nos la relata.

 

Hace unos 40 años no había teléfonos móviles, ni siquiera empresas de mensajería, que repartieran paquetes en la misma ciudad de forma rápida. Un recurso fácil y cómodo era acudir a los taxistas. Entrabas a la empresa, te daban un sobre o un pequeño paquete y lo llevabas adonde te dijeran. Todo era muy rápido y el coste era el de la carrera.

En aquellos años, cogí a una pareja de muy buen porte y con muy buenos modales, de esas veces que sabes que no vas a tener ningún problema. Él no llegaba a los cuarenta años y ella no pasaba de los treinta. La chica me pareció muy guapa y él, muy elegante y modernillo. Aquella época era la de la Movida, tiempos en los que se veían cosas extravagantes. Sin  embargo, ellos venían muy formalitos y con evidentes ganas de agradarse mutuamente, con esa sonrisa amplia que delata que puede haber un enganche amoroso. Me pidieron que los llevara al templo de Debod, casi casi recién inaugurado. Era por la tarde y estaba anocheciendo. Todos sabemos que puestas de sol hay por ahí. Cuando llegamos me pidieron que  me esperase, que iban a estar solamente cinco minutos, para ir a continuación  a otro lugar.

Yo me quedé en el bar de los cocodrilos haciendo tiempo –nunca supe su nombre, todos le llamábamos así- mientras me tomaba un café esperando a que vinieran. Pasaron más de diez minutos y yo ya estaba mosca, pero finalmente aparecieron cogiditos de la mano y con una cara de pánfilos que parecían quinceañeros. 

Me pidieron que los llevara a cenar a Lucio y allá fuimos. Durante todo el trayecto no se dejaron de hacer toda clase de arrumacos. Parecía como si la puesta de sol en el templo de Debod los hubiera trastornado, en el sentido amoroso. Pero lo cierto fue que, viendo el cielo rojizo, el hombre, que se llamaba Alfredo, la abrazó por la cintura, le dio un beso y ella, quedó prendida. Parafraseando a no sé quién, se podía decir eso de “qué bonito es el amor…”.

En aquella época no había teléfonos móviles. Pero si había un dispositivo que permitía recibir mensajes. Eran los mensáfonos o buscapersonas: mensajes cortos, pero siempre estabas localizado y si el mensaje era demasiado corto, tenías las cabinas de teléfonos, esas que ahora ya casi ni existen.

Templo de Debod


Alfredo me pidió el código del busca y yo, encantado, claro. Eso quería decir que tenía un cliente fijo.

Les pregunté si después de cenar querían que les llevara a algún sitio y efectivamente, los llevé a Aravaca. Se bajaron y la chica entró en el portal después de una larga y cariñosa despedida. Alfredo no se movió del sitio hasta que ella se subió en el ascensor. Como debe ser…

Subió al coche y me dijo que lo llevase a su casa, en la zona de Argüelles. Estaba eufórico y tenía ganas de hablar como es lo normal en estos casos. Yo le dije que hacían muy buena pareja, pero él seguía embobado. Agradecido por mi tiempo, me invitó a una tomar un refresco en un mesón de al lado de su casa y luego, cada uno a lo suyo.

Al día siguiente recibo en el “busca” un mensaje para que pasara a recoger algo en una empresa y llevarlo a una dirección.
Me acerqué y recogí un pequeño paquete. Mejor dicho, era algo duro y cuadrado que estaba metido en un sobre. Miro la dirección de entrega y me dije a mi mismo: esta calle me suena. Como que era la dirección de la chica de Aravaca: la “novia” de Alfredo.

Al abrirme la puerta no me reconoció para nada, me quedé un poco parado porque yo claro que si me acordaba de ella. Pero también era normal que no recordara mi cara yendo en la parte de atrás del coche. Le dije quién era y enseguida se dio cuenta, y comentó  "que ya sabía que después de dejarme a mí, Alfredo charló largo y tendido contigo". -Bueno, estaba muy contento e ilusionado y siempre es agradable hablar con una persona así.

Rasgó el sobre y extrajo la cajita que iba dentro. Sus ojos brillaron y yo me di cuenta por qué: el envoltorio pertenecía a una afamada joyería de la Gran Vía y tenía toda la pinta de ser una pulsera, por la forma y tamaño.

Flores

Una vez entregado el sobre con la cajita, me despedí, pero ella me hizo un ademán para que esperara. Entró a la vivienda y salió de nuevo, había cogido un tubo de cartón, un portaplanos de esos redondos y largos, donde introdujo una especie de cartel. Antes de enrollarlo escribió algo y lo firmó.
Me preguntó: Si se lo podría entregar a él, por favor. -¿En el mismo sitio? repliqué.

Gracias a eso supe cómo se llamaba él Alfredo G. Enseguida até cabos: la empresa donde trabajaba él era de publicidad y ella era ilustradora. Alfredo le había hecho un regalo y ella se lo devolvió con uno de sus trabajos. No estaba nada mal.

La verdad es que estuve durante tres meses llevando y trayendo “cosas” de un lado a otro. Algunas veces podía identificar el regalo. Otras, incluso, era yo quién en alguna ocasión compré unas orquídeas que a mí siempre me parecieron tan bonitas como caras.

Algunas veces, los regalos llevaban las típicas leyendas de enamorados. No es que abriera los sobres, sino que los escribían delante de mí.

Tengo que confesar que alguna vez utilicé esas frases con alguna amiga mía porque me parecían frases realmente encantadoras. No tengo mucho talento literario como para inventarme frases inspiradoras, como se dice ahora. Incluso un par de veces, tirando la casa por la ventana, compré orquídeas que, junto con el mensaje, hacía estragos.

Pues como decía, estuve unos tres meses de mensajero y luego todo se acabó. No volví a recibir ningún mensaje más. 

No quise indagar sobre lo que pudo haber sucedido a pesar de que me reconcomía por dentro. ¿Qué había pasado con esa historia de amor con envíos de ida y vuelta?, ¿había acabado todo?, ¿se habrían ido a vivir juntos y por eso ya no necesitaban mensajeros?, ¿un viaje al extranjero?.

Así estuve algunas cuantas semanas dándole vueltas, luego, el día a día te obliga a olvidar éstas cosas. La verdad es que el aspecto detectivesco se lo dejo para el cine. 

En estos días en que está a punto de celebrarse la Feria de San Isidro traemos la historia que nos contó Luis Pérez G. taxista con muchos, muchos años de profesión ,sobre lo que le pasó a él en la Feria del año 82.

 

Madrid en el mes de mayo es una fiesta. Alrededor del día 15, San Isidro, la ciudad se engalana y se dan cita las mejores verbenas. Los mejores espectáculos y, entre ellos, la feria taurina más importante del mundo: San Isidro. Las corridas de toros atraen a numerosos turistas y cuando hay turistas tenemos mayor cantidad de trabajo.

Luis Pérez G. conducía su taxi por la Gran Vía y de repente vio a una persona vestido de charro mexicano con su enorme sombrero y su, todavía más enorme, sonrisa en la cara. Era el centro de atención de toda la calle, al que todos lo miraban divertidos.

Y en esto, paso lo que tenía que pasar: se acercó al bordillo de la acera y levantó la mano para coger un taxi.

Atento siempre, Luis redujo la velocidad y paró a su altura. Obviamente iba a las Ventas, aunque esas horas le parecía exagerado: ni siquiera eran las 12 h de la mañana y hasta la hora que abriesen las puertas, había tela de tiempo. Pero era una buena carrera.

Se acordó que ese día en concreto hacía el paseíllo el torero mexicano Francisco Curro Rivera hijo, a su vez, del conocido matador de toros Fermín Rivera Malabehar. Inmediatamente ató cabos y le preguntó si iba a ver al diestro mexicano. El pasajero se sintió halagado por ese reconocimiento. Enseguida congeniaron y se pusieron a hablar de toros mientras lo llevaba hasta las Ventas, no sin sortear los grandes atascos que se forman en el centro de Madrid en esas fechas.

Durante el trayecto, Maximiliano, que así se llamaba el charro, le contó que, aunque no vivía en Madrid, nunca se perdía una corrida de su compatriota en España. Llegaron antes de las 13 h y Luis bajó la bandera. El Charro una vez abonada la carrera, le hizo un ofrecimiento: le invitaba al aperitivo y a comer si le enseñaba los bares taurinos típicos de la zona.

El traje oficial de charro
El traje oficial de charro


A Luis P. le apeteció la idea de la invitación. Llevaba ya bastante tiempo al volante y un descanso de ese tipo le pareció de perlas. Dejó el coche en la calle Marqués de Móndejar, porque sabía que al lado de los talleres de MMT Seguros siempre había algún sitio, y empezaron la ronda por diversos restaurantes donde el mexicano siempre daba el cante. En el doble sentido: por su vestido y porque a las primeras de cambio se arrancaba a cantar las típicas canciones mexicanas. La parroquia estaba encantada con él porque realmente era muy simpático y a cada momento decía que conocía a Curro Rivera. A medida que tomaba algo esa relación iba haciéndose más cercana: de ser únicamente compatriotas, pasaron a ser conocidos. Con otro brindis y alguna que otra ración más, ya eran amigos. Después amigos íntimos y luego ya cuando fueron a comer, eran familia.

El diestro mexicano Curro Rivera
Diestro mexicano Curro Rivera

En la comida, Maximiliano se empeñó en comer con vino y ahí Luis ya se empezó a preocupar, porque por el camino que iba, se la iba a agarrar antes de que empezara la corrida y, francamente, le daba pena que, después de venir a ver a su compatriota, durmiese la mona mientras las faena. Entonces, puso en marcha una estrategia que alguna vez había llevado a la práctica, él mismo se hacía el borracho, le decía al otro que no podía aguantar el ritmo, y que, por favor, le ayudara a recobrar la sobriedad. Eso hacía que la otra persona se creciera y se sintiese protector del otro.

Fueron a una terraza y Luis pidió un café negro. El mexicano también lo pidio para que viera su nivel de solidaridad. Gracias a esas dos tazas de café, el mexicano respondió bastante bien y, después de dar un paseo, Luis le acompañó hasta las puertas, todavía cerradas, de la plaza.

Cuando, por fin las abrieron, Maximiliano se despidió de Luis, no sin antes quedar a la salida para seguir la juerga porque, estaba totalmente seguro que su “primo” Curro Rivera iba a hacer una faena antológica y eso habría que celebrarlo.

Lo esperó, como habían quedado, en el primer lugar a donde habían ido a tomar el aperitivo, y llegó bastante perjudicado el mexicano. No era de extrañar que durante el festejo hubiera seguido tomando algo. Pero, de todas formas, seguía estando divertido y lenguaraz.

Con la intención de seguir charlando con el charro en algún otro lugar, quería llevarle a un sitio donde se cantaba la salve rociera, pero al intentar acceder  el taxi se derrumbó a causa de todo lo que habría ingeridol. Ahora, Luis se encontraba metido en un gran dilema,:no lo iba a dejar tirado y tampoco sabía dónde se alojaba, ni nada. Pensó en mirarle en los bolsillos para ver si tenía alguna documentación. Pero claro, no era cuestión de que le viera alguien y pensara que le quería robar o algo así. Finalmente, como pudo le sentó en el taxi y esperó a que pasara una patrulla de la policía. Tardaron poco, aunque a Luis le pareció una eternidad ahí parado.

Restaurante Los Clarines. Fundado en 1978
Restaurante Los Clarines. Fundado en 1978

Les explicó la situación y uno de los agentes le revisó los bolsillos para ver si llevaba alguna documentación. Encontraron el pasaporte y la reserva de un hotel en la Gran Vía. La policía le pidió que lo llevase hasta el hotel y que ellos irían detrás, más que nada porque, dada la corpulencia de Maximiliano, no era muy rentable cambiarlo de coche.

Al día siguiente, Luis pasó por el hotel para preocuparse por su amigo. Le dijeron que había dormido 12 horas y, cuando fue preguntado,  no se acordaba de nada de lo que le había pasado a partir de la faena de su compatriota Curro Rivera. Había cogido su maleta, pedido que le avisaran a un taxi porque se iba al aeropuerto. Nunca más volvió a saber de su amigo Maximiliano.

Pero el recuerdo, no se le ha borrado. Espera que a su cliente le pase lo mismo, aunque no se acuerde de nada de después de la faena de su “hermano”.

Fuente de la imagen: El País

Antes era bastante más habitual que ahora, que las mujeres dieran a luz en el trayecto al hospital. Nuestro amigo Juan R.  taxista ya jubilado, fue protagonista de una de ellas. Y de algo más…


Serían cerca de las 12:00 h de la noche, cuandoy Juan R. recorría las noches madrileñas con la tranquilidad que había en aquellos tiempos: mediados de los 60. Había hecho ya dos carreras y buscaba con cierta ansiedad algunas más que le cubrieran la jornada que, tal como la presuponía, no iba a ser para tirar cohetes.

En una calle vio a una mujer medio apoyada en un árbol. Una persona a su lado estaba hablando con ella con evidente intención de ayudarla. Juan Ramón paró el taxi, se aproximó y enseguida se dio cuenta de que la mujer estaba embarazada. Bueno, más que embarazada, estaba a punto de dar a luz. Y más que a punto de dar a luz, es que estaba dando a luz o casi casi.

Varios compañeros suyos le habían contado situaciones de mujeres embarazadas que cogían un taxi y que llegaban a duras penas al hospital, pero él siempre tuvo la firme convicción de que nunca le pasaría algo parecido, porque tenía una aprensión tremenda a todo lo que fuera sangre y situaciones parecidas.

Le preguntaron si podían llevarla en el taxi al hospital, y se quedó como paralizado. En esto se paró otro taxi y Juan R. vio el cielo abierto: le diría algo en plan melodramático para que el taxista se apiadara de él y le evitase llevarla al hospital. Pero el conductor del otro taxi al ver cómo estaba el panorama casi se desmaya del susto: era todavía más aprensivo que él.

Ni corto ni perezoso, y haciendo de tripas corazón, Juan R. abrió la puerta de atrás y entre ambos y la señora que a duras penas ayudaba, subieron a la parturienta al coche.

A la altura de los hoy tristemente desaparecidos bulevares de Alberto Aguilera, la mujer ya no pudo más

En aquella época era normal ir tocando el claxon y con un pañuelo en la ventanilla para avisar a los otros coches que había una emergencia -médica en la mayoría de los casos- y así tener preferencia de paso. De esta manera fueron, pero por poco tiempo, porque a la altura de los hoy tristemente desaparecidos bulevares de Alberto Aguilera, la mujer ya no pudo más y empezó a gritar, fuera de sí, que el niño estaba saliendo.

En los bulevares había los típicos chiringuitos de la época con sus mesas y sillas para disfrutar de la noche madrileña en plena primavera con sus horchatas y granizados. Juan R. paró el taxi y pidió ayuda. Inmediatamente se levantó un señor y se dirigió hacia ellos. Le dijo que era médico y, al ver el estado en el que se encontraba la mujer, les pidió a los camareros que calentasen agua rápidamente y que trajeran paños limpios.

Foto de la calle Alberto Aguilera de Madrid
Fuente: urbancidades.wordpress.com

Como quiera que se acercaron más personas a ayudar, Juan R. se retiró a un discreto segundo plano. Diríamos que a un sitio donde podía oír, pero no ver lo que estaba pasando. Él estaba satisfecho porque había cumplido su parte: había llevado a la parturienta si no al hospital, por lo menos a un sitio donde había un médico y, por tanto, mucho mejor atendida que donde la encontró.

Empezaron a oirse sirenas de ambulancias y policías, pero cuando llegaron ya había acabado todo.

Aquí se podría decir eso de “A buenas horas, mangas verdes”, pero la realidad es que en aquellos tiempos no había teléfonos móviles y, por tanto, las comunicaciones eran mucho más lentas.

La policía le preguntó por su marido y ella dijo que estaba en la vendimia en Francia. El niño se le había adelantado - en aquellos tiempos la ginecología no estaba tan avanzada como ahora y los plazos eran muy flexibles: demasiado, diríamos- y estaba sola en casa.

Bebé durmiendo

La policía dijo que haría lo imposible por avisar al padre, pero como estaba en un país extranjero, los avisos tenían que ir por caminos más complicados con lo que se iba a demorar su localización

La ambulancia trasladó  a la mujer y al niño al hospital, y mientras, Juan R. les acompañó con su taxi para interesarse de que todo salíese bien.

 

Al día siguiente, a última hora de la mañana, regresó  al hospital acompañado de su mujer que ya estaba al tanto de todo lo ocurrido, para hacerles una visita. Ella también quería participar en aquella situación nada cotidiana.

La madre estaba feliz con su hijo, que estaba estupendamente, según le habían dicho los médicos. Le iban a dar el alta muy pronto, y Juan R. y su mujer le dijeron que estarían pendientes para llevarla a su casa, porque era una barbaridad ir con un bebé recién nacido en el metro.

Además, la mujer de Juan R. se prestó para ayudarla en los quehaceres de la casa, ponerla en orden para la llegada del bebé.

 

Hospital de La Paz en Madrid
Fuente: El País

Así lo hicieron, cuando llegaron a la casa la vieron muy limpia, pero con muchísima austeridad.

Juan R. y su mujer se miraron, y los dos pensaron que había que hacer algo. Él habló con sus colegas y les pidió una colaboración en metálico para comprar las cosas más necesarias al bebé. Y también alguna para la madre.
Mientras, la mujer de Juan R. habló con amigas suyas –algunas eran las mujeres de los taxistas que habían colaborado-  y hacían turnos para arreglar la casa y hacer la comida –o se la llevaban hecha- para que la madre no tuviera que hacer otra cosa que dedicarse a su bebé.

A los cinco días llegó el marido y padre del niño. Estaba totalmente emocionado al ver a su hijo y –cómo no- por cómo se habían portado los taxistas con su mujer en semejante situación.
Juan R. le preguntó que qué tal se le había dado la vendimia y el buen hombre estaba bastante satisfecho con lo que había ganado, nunca mejor dicho, con el sudor de su frente.

Este sueldo le permitiría afrontar los gastos del bebé y quiso devolver, a Juan R. y al resto de taxistas que les habían ayudado, lo que habían puesto, pero estos no lo aceptaron. Estaban muy orgullosos de lo que habían hecho y no querían nada a cambio.

La madre llamaba con relativa a frecuencia a Juan R. y a su mujer, para verse de vez en cuando para tomar un refresco. A Juan R. le encantaba ver como el niño iba creciendo. No lo consideraba suyo, pero… 

Son numerosas las anécdotas de este tipo de las que fueron protagonistas taxistas. Muchas de ellas no tenían más historia que esa: llevar a parturientas a toda velocidad al hospital más cercano y tranquilizarlas con su actitud y buen hacer. Pero en todas, como en la de Juan R., se refleja la conciencia cívica de todas estas personas.

Fuente: motorpasion.com

La historia que nos cuenta Alfonso G.H. nos parece particularmente interesante porque nos dice como se puede aprovechar cualquier situación para tener más inquietudes profesionales y personales.


“Esto me pasó hace muchos años". Eran los años ochenta y tantos y yo estaba empezando en el taxi. Salí de mi casa como otros tantos días pensando en cómo se me daría la jornada. No llevaba ni cinco minutos cuando me para un señor armado con varias cámaras fotográficas. Iba con un maletín y pensé que a lo mejor podía ir al aeropuerto, lo que no estaría nada mal para empezar.

Románico en El Retiro
Restos de la Iglesia de San Isidro. Fuente:viendomadrid.com

 

Pero lo que resultó fue muchísimo mejor y, lo que es más importante, me marcó un poco para el resto de mi vida.

El cliente, Manfred –no me acuerdo de su apellido-, un americano afincado temporalmente en Madrid era fotógrafo profesional y le habían encargado un reportaje sobre el románico en Madrid y cercanías. Me contrató por todo el día. Maravilloso. Maravilloso por contratarme todo el día, a mi lo del románico me daba un poco lo mismo.

La primera parada me sorprendió: el Retiro. ¿Románico en el parque del Retiro? Pues sí, quedan los restos de la iglesia de San Isidoro al lado de la casita del Pescador. Y yo sin enterarme.

La siguiente parada fue Carabanchel, la iglesia de Santa María de la Antigua. Yo había pasado varias veces por ahí, pero nunca me había dado cuenta de su importancia arquitectónica. Le acompañé en su recorrido, e incluso le dije que si le levaba el maletín, pero parece ser que a los fotógrafos no les gusta que nadie toque sus cosas. Por lo menos, lo que hacia era vigilar el maletín, aunque en el interior de la iglesia, precioso por cierto, no había nadie.  Todavía está de buen ver, si exceptuamos las pintadas de algunos gamberros.

Románico en Carabanchel
Iglesia de Santa María de la Antigüa. Fuente: inarqadia.jstarquitectura.es

De Carabanchel cogimos la carretera de Burgos y llegamos a Talamanca del Jarama. A mí ya me había picado la curiosidad. Manfred me explicaba ciertas cosas que hacía que viera la iglesia de una forma diferente. Con cada explicación aumentaba mi curiosidad y notaba que me iba enganchando. Fotografió el “Ábside de los milagros” y la iglesia de San Juan Bautista, además de lo que queda de la muralla árabe y el puente medieval  de origen romano.

Románico en Talamanca del Jarama
Iglesia de San Juan Bautista. Fuente: Turismo de Madrid

Cuando acabamos en Talamanca nos acercamos a La Cabrera. El convento de San Antonio es realmente una maravilla y me sorprendió no solo no haberlo visto, sino no haber oído hablar de él nunca.

Cuando acabamos el recorrido, le dije que contase conmigo para acompañarle a hacer más reportajes. Manfred se dio cuenta de que había conseguido que me interesase por la arquitectura antigua y le agradó mucho.
Me llamó como unas cinco veces más y para mí fueron unos viajes estupendos e igual de interesantes que el primero. Luego se fue a residir a nueva York y le perdí la pista.

Románico en La Cabrera
Convento  de San Antonio. Fuente: conventolacabrera.es

Yo me interesé más por el tema y decidí sacarle partido profesional. Me presenté en varias agencias de viajes –de las de la época- y les propuse que si tenían algún cliente que estuviera interesado en el románico cerca de Madrid contactasen conmigo porque yo además, de llevarles como conductor, me ofrecía como guía. Dos al precio de uno.

Mi afición por el románico se acrecentó y en mis días libres mi mujer y yo nos íbamos por los pueblos cercanos a Madrid -incluido Segovia, Avila y Toledo- a pasar el día y ver “piedras” como nos decían nuestros hijos.

Casi todos los meses, tenía algún viaje concertado por las agencias de viaje y además de ser un buen ingreso, era un día casi casi de fiesta para mi.

 

Y todo esto, debido a la ¿casualidad? de que cuando Manfred bajó a la calle, yo pasaba por allí”.

La siguiente historia fueron dos taxistas los que la protagonizaron. Por no decir sus nombres, nosotros les hemos adjudicado el de Rafael y Silverio.

 

Así es la historia contada por Rafael.

Era una Nochebuena de los años ochenta, y yo me disponía a enfilar hacia mi casa porque ya eran cerca de las 20 h y había que estar con las preparaciones de la cena. En la calle Bravo Murillo me encuentro a mi amigo Silverio hablando con un hombre y una mujer que llevaba en brazos a una niña.

Aunque ya nos habíamos felicitado la Navidad, me paré para darle otro abrazo porque el día de Nochebuena siempre hay que estar más alegre que de costumbre. Me acerqué a ellos y vi que la escena no tenía mucho de feliz. Estaba consolando a un matrimonio sudamericano que tenían la desolación pintada en sus caras.

Silverio me contó lo que había pasado.

Estas personas habían venido hacía un mes de su país, y tenían alquilada una habitación en una casa, pero parece ser, que desde hace tiempo tenían problemas económicos y no podían pagar el alquiler, motivo por el que les echaron.

- ¿En Navidad? Pregunté yo.

Realmente no era una pregunta, sino que era mostrar mi extrañeza por cómo alguien podía dejar en la calle a un matrimonio con una niña pequeña, y precisamente el día de Nochebuena.

Silverio, ya había tomado una decisión. Se los llevaba a casa, y así, por lo menos, pasarían la Nochebuena en un hogar, con una familia.

A mí lo de llevar gente desconocida a casa no me seducía nada y, susurrando, así se lo hice saber a mi amigo, pero lo vi tan decidido, y tan cargado de razones, que enseguida me entró lo que ahora se llama “el espíritu de la Navidad”. Solo había un problema: mi amigo al día siguiente iba a comer a casa de los padres de su mujer y allí ya no podía llevarles.

Le dije casi sin pensar, -pues que se venga a mi casa-, llevado por ese espíritu navideño.

He de admitir que yo jugaba con algo de ventaja. Como la noche la iban a pasar con mi amigo ya me daría información sobre cómo eran, si eran de fiar y esas cosas.

Ya en casa se lo comenté a mi mujer que casi se desmaya con la noticia. Ahora bien, tampoco me costó mucho convencerla de que en Navidad, por lo menos en Navidad, hay que hacer este tipo de cosas.

Al día siguiente a mitad de mañana me llamó Silverio. Estaba encantado con el matrimonio, eran una gente muy legal y que, independientemente de la Navidad, había que echarles una mano. Me contó que la mujer cantó canciones sudamericanas muy amenas y que les alegró la cena como nunca lo hubieran imaginado. Estaban encantados con ellos.

Poco más tarde, y de camino a casa de sus suegros, los acercó a mi casa, y la verdad es que fue una comida de lo más agradable, al final terminamos todos cantando, momentos a los que también se unió Silverio.

Durante unos días se quedaron alojados en casa de Silverio y mientras tanto, aunque ellos estaban buscando trabajo incesantemente, nosotros también queríamos ayudarles. Al final les conseguimos un trabajo, a él en un taller y algo más tarde a ella como empleada de hogar.

Con el tiempo, aún seguimos manteniendo el contacto con ellos. Él acabó montando una empresa de mensajería y a ella la contrataron como cantante en una sala de espectáculos, de esos en los que estaba de moda la música sudamericana. La hija que regresó a su país, se dedicó a la televisión, e hizo varias telenovelas en su país.

Sus padres años después también regresaron a su país con su hija. Allí también teníamos nuestro hogar, -nos dijeron.

Silverio y yo, con nuestras famillias siempre estamos haciendo planes para ir a visitarles. Seguro que no les podríamos hacer más felices.

Algún día iremos. Esperemos que sea la próxima Navidad !!

 

Leer más... Consulta todos los contenidos de nuestro blog

 

 

Otra de las historias protagonizada por taxistas, y esta vez, la palabra "protagonizada" cobra una mayor relevancia, es la que le sucedió a J.R.T. una fría mañana de otoño de hace ya más de treinta años.

Eran los años 80 y una vez me pararon sobre las 06:30 h. de la mañana. Era un grupo de unos diez o doce personas. Parecían recién despiertos, recién duchados y, a esas horas, eso era empezar con buen pie. Inmediatamente pararon a otro taxi que venía detrás de mí. Se subieron cuatro a mi taxi, otros cuatro en el de atrás, mientras los otros esperaron que pasara otro taxi.

El que se sentó a mi lado me dijo que los llevara a Sacedón, que eran técnicos en el rodaje de una película  -eran los eléctricos, los que se hacen cargo de las luces- y que el microbús que los tenía que recoger no aparecía y ellos tenían que estar a su hora en el rodaje.

Casi todos se durmieron durante el trayecto que, a esa hora, estaba bastante descongestionado.

Pau -Newman y Robert Redford

Nunca había estado en un rodaje y me impresionó el despliegue de medios que allí había. Fuimos al jefe de producción para que nos pagara, y nos pagó sin ningún problema, previa aportación del recibo correspondiente. Mis dos compañeros se marcharon enseguida, pero yo me retrasé un poco para curiosear y a ver si me encontraba con algún actor famoso.

De repente, se acercó el jefe de producción y me preguntó si quería salir en la película, que necesitaban una persona de mi edad y aspecto para “don Julián”. Yo me sentí gratificado y, al preguntar cuánto me darían, acepté inmediatamente. Era más de lo que iba a ganar en dos días de trabajo en el taxi.

Como tenían un camión para catering, desayuné varias veces porque tuve que esperar tres horas para “mi actuación”. En la mesa había un guion abierto, por casualidad, por la página donde yo tendría que actuar. Y allí estaba el nombre de “don Julián” que decía una frase: “Si toda la familia tiene que viajar, yo pagaré los billetes”.

Yo, ya metido en mi personaje, me aprendí la frase de memoria e, incluso busqué alguna entonación como haría Paul Newman o Robert Redford, mis actores favoritos.
Cuando me llamaron, yo estaba ya muy motivado y pensaba que quizás ese fuera mi debut en el séptimo arte y, quién sabe, si el comienzo de una carrera meteórica que me llevase hasta Hollywood con estrella incluida en el bulevar de la fama.

Estrella de la fama en el bulevar de la fama

Otra persona, que luego supe que era el ayudante de dirección, me vino a buscar y me puso detrás de tres personas que estaban sentadas en un banco debajo de un árbol frondoso. Me colocó detrás del actor de más edad mientras daba órdenes al resto.

En un momento le dije: -Y yo cuando digo mi frase.

Todos me miraron y, después de unos segundos de silencio, se partieron de risa. Contando las personas que había detrás de la cámara eran como unas veinte riéndose de mí.

-Pero, ¿quién te crees que eres?

No, es que yo había visto que don Julián decía esa frase y como me dijeron que iba a ser don Julián, pensé…

El jefe de producción dio un paso adelante y me dijo, partiéndose de risa. Te dije que ibas a estar en la escena de don Julián, no que fueras a interpretar a don Julián….

Como podréis comprender me puse todo rojo y comprendí que simplemente tenía que estar allí, haciendo bulto, detrás del actor que sí realmente interpretaba a don Julián y que dijo la famosa frase: Si toda la familia tiene que viajar, yo pagaré los billetes

A mí me pareció que mi entonación era malísima comparada a la que acababa de oír y ahí acabaron mis sueños de debutar en el cine. Volví a Madrid centrándome mas en lo que había ganado que en mi experiencia cinematográfica.

Por cierto, en el montaje final de la película, esa escena fue suprimida.

En esta ocasión traemos una historia contada por taxistas y en las que ellos fueron protagonistas directos. Hoy le toca el turno a Juan P. R. Nos cuenta una divertida y ejemplarizante historia sucedida hace casi 40 años.
 

Corrían los primeros años de la década de los 80 en los que la droga convirtió a muchos jóvenes en delincuentes para conseguir su dosis diaria. Los taxistas éramos un objetivo fácil y cada uno de nosotros teníamos nuestras maneras de identificarlos para que no se nos subiesen en el coche y, si lo hacían, hacerles bajar inmediatamente. Pretendíamos minimizar las situaciones desagradables y/o peligrosas.

Un día en la Cibeles se me acercó uno no tan joven, pero igualmente desaliñado: vaquero desgastado -pero no como los de ahora que es la moda- desgastados por el uso, manchados con pegotes de colores, una camisa amplia ya algo corroída por el cuello y bastante delgado con el pelo largo. Vamos, para salir corriendo…

Me preguntó si le podía llevar a Cuenca. Ni más ni menos que a Cuenca!, casi 200 km en los que me podía pasar de todo,.y aunque no me pasara nada ¿me pagaría al llegar a Cuenca?

Sin preámbulos le pregunté si tenía dinero. -No se fía de mí? Me respondió muy serio y hasta un poco enfadado, le miré de arriba abajo para que notara que mi pregunta iba dirigida a la pinta que tenía.

¡Hombre!, ya sé que el hábito no hace el monje, pero…

Del enfado paso a la carcajada. Y añadió: tiene usted toda la razón.

Metió la mano en el bolsillo y me enseñó bastante dinero. En aquel momento no lo pensé pero que un tipo así tuviera tanto dinero en el bolsillo también era para mosquearse, pero estaba muy centrado en el dinero del viaje a Cuenca… así que me pareció razonable llevarle si me podía pagar.

Durante el viaje me preguntó si conocía la anécdota del actor James Stwart en  el hotel Ritz. Yo ni idea, claro, y empezó a contármela.
"James Stwart vino a España a rodar una película y le reservaron habitación en el hotel Ritz. Cuando rellenó la ficha, en la profesión puso "actor" y le prohibieron la entrada porque -no se si usted lo sabe- el hotel Ritz tiene prohibida la entrada a actores y a toreros ya que considera que su profesión no es digna para el hotel".

Hotel Ritz de Madrid

Aquí intervine yo diciendo que eso era una tontería, y que además, no todos los actores tenían que ser iguales...
Déjeme seguir porque aquí no acaba la anécdota...
"James Stwart cogió una de las maletas, entró en un cuarto de baño y cuando salió, iba vestido de general del ejército de los Estados Unidos, porque ustd no sabrá que era general de aviación…”
Yo claro, no tenía ni idea…
“… Volvió al mostrador e imagínese la cara del de la recepción que minutos antes le había denegado la entrada. Por supuesto se deshizo en disculpas y mil perdones, pero James Stwart simplemente cogió sus maletas y subió a su habitación"
Bonita manera de reaccionar, sí señor. Dije yo

Seguimos el viaje y llegamos a Cuenca. Me indicó que me dirigiera a la plaza del ayuntamiento y cuando llegamos, estaba cortada. Se acercó un guardia y al ver a mi cliente, abrió la verja y nos dejó pasar. Yo cada vez estaba más sorprendido.

Ayuntamiento de Cuenca

Al llegar a la puerta me dio las gracias muy amable, se bajó del taxi y se alejó sin pagarme. Salí inmediatamente del coche pero un funcionario del ayuntamiento muy bien vestido se acercó a mí y me pregunto: ¿Cuánto se le debe por el viaje?

Después me enteré de todo: era un artista plástico –no voy a mencionar su nombre- al que le acababan de dar un premio importante y lo iba a recoger.
El mismo funcionario me dijo que después de la entrega del premio daría una charla, si me quería quedar y al volver de regreso a Madid llevarle de nuevo.,

Pero después de cómo lo traté nada más verle y de la anécdota de James Stwart, preferí volverme a Madrid rápidamente y un poco con el rabo entre las piernas.

 

 

 

 

Los personal shopper son aquellos profesionales de la moda y saben que tipo de ropa conviene a cada persona para realzar sus encantos o bien, para disminuir sus defectos.
Aquí tenemos la historia de Julian L., taxista de más de 60 años que, sin darse cuenta se convirtió en un pionero de esta actividad en los albores de los 80, cuando ni de lejos, se pensaba que eso llegaría a convertirse en una profesión.

Taxi

Ese día empecé mi jornada laboral como siempre, a las 7 de la mañana. Llevaba una jornada de lo más anodina y sosa cuando sobre las 13 h me para una señora que venia acompañada de su hija de alrededor de los 20 años. Más tarde supe que habían aprovechado un viaje del marido y padre a una reunión de negocios para comprar en Madrid lo que en aquellos tiempos no llegaba a las pequeñas ciudades de provincia.

Cuando les pregunto de a donde las llevaba, la madre me contesta 
-Mire, llévenos a una tienda de moda para mi hija que quiere comprarse ropa.

Así, de sopetón, me pilló de sorpresa, pero inmediatamente reaccioné, pues dos días antes, mi señora y yo habíamos ido con nuestra hija a comprarle ropa y aquello había sido una pelea continua. La típica batalla generacional: a nuestra hija le gustaban las faldas cortas –hacia poco que había aparecido la minifalda- y los escotes y mi señora era de gustos mucho más convencionales.

-Se de una tienda que seguro le va a gustar a su hija.
-Si me gusta a mí, seguro que no le va a gustar a mi madre, contestó ella.

Lo dicho, la típica batalla generacional pero yo templé gaitas y las llevé a la tienda que había ido con mi hija. Me dijeron por favor, que esperara.  Al cabo de un buen rato salieron, la hija estaba encantada y cargaba con tres bolsas y una sonrisa resplandeciente. Creo que incluso me miró con cara de agradecimiento.

Las llevé al hotel y en el trayecto me preguntaron:

-Y usted ¿conoce más tiendas del mismo estilo?
-Todas las que quiera, contesté sin vacilar para que no se me notara la mentira, ya que a excepción de la experiencia de dos días atrás, nunca había entrado en una tienda de ropa de señoras.
- ¿Nos podría llevar por la tarde a ver algunas?

Se me iluminaron los ojos. Iba a tener una tarde completita. ¡Qué bueno!
Las dejé en el hotel, aparqué el taxi, me metí en un bar y llamé a mi hija. En aquellos tiempos, no existían los móviles. Le hice un examen exhaustivo sobre las tiendas que podían gustar a una veinteañera. Y lo iba anotando, claro está, porque todos esos nombre raros en inglés que me enumeraba me eran imposible memorizarlos. Incluso  mi hija me propuso que la llevase a una peluquería, la suya, porque en aquel momento se estaban llevando diversos tipos de peinados.

A las 16 h estaba en la puerta del hotel con mi chuleta,.primero fuimos a una tienda para buscar camisas o camisetas, no se pero salieron con una bolsa, y finalmente pasamos a por cinturones y bolsos.

Ya de vuelta al hotel, yo me vine arriba y les dije:

-No quiere que vea a su hija un peluquero bueno, porque yo creo que le podía dar un aire muy actual.
-Sí, mamá, y ya es lo último, te lo prometo.

 

Debía ser hija única porque la madre no opuso demasiada resistencia. Y allá que nos fuimos todos a ver a Valen, el peluquero de mi hija. Yo entré con ellos para hacer las presentaciones, y allí se quedaron.  Mi hija ya lo había llamado para ponerle en antecedentes.

Yo nunca había caído en la importancia de un peinado –siempre me he peinado con raya a un lado- pero parece ser que la tiene.

Fue un día en el que hice una buena recaudación y saqué una buena propina. Y ahora, con el paso del tiempo, bastante años después, pienso que me gané el reconocimiento de ser el primer taxista “PERSONAL SHOPPER”.

ESTA ES LA HISTORIA QUE NOS CONTÓ EMILIO A. F., TAXISTA DESDE HACE MÁS DE VEINTICINCO AÑOS, Y QUE HACE MÁS O MENOS CINCO LE PASÓ LO SIGUIENTE:

 

Iba una tarde de esas, como tantas otras en las que no pasa nada, con mi coche esperando coger pasajeros. Como siempre, iba con Radio Clásica que, además de que me encanta la música clásica, me ayuda a digerir las situaciones de agobio y estrés que produce la conducción por Madrid.

Muy pocos viajeros han hecho referencia al tipo de música que llevo, algunos la aprecian y me hacen algún comentario agradable y me dan las gracias por proporcionarles un rato de música “culta” durante el trayecto, pero lo que me pasó con D. Miguel fue más allá, mucho más allá.

Esa tarde yo no tenía muchas ganas de hablar porque me dolía el estómago, las comidas rápidas y grasientas, que a veces los taxistas no tenemos más remedio que engullir, no me sientan nada bien, pero subió un cliente al taxi y enseguida me dijo algo acerca de la música clásica. Y no se si precisamente para olvidarme de mis dolores gástricos o porque me gusta charlar sobre la música, me puse a hablar con él.

Teatro de la Zarzuela

Mi compositor favorito es Brahms, dije categóricamente.
- Igual que a mi. Me parece que la tercera de Brahms es maravillosa, añadió.
- A quién no me pierdo nunca por las tardes es a Fernando Argenta, continué.
- Igual que yo, siempre que puedo, nunca me lo pierdo. Me dijo con voz más emocionada.
- Aunque hoy tengo dolor de estómago.
- Igual que yo, aseveró triunfante.

Y nada más acabar esta frase, me dijo solemnemente.
-Usted y yo somos almas gemelas. -Yo sonreí para mis adentros y automáticamente le dije que sí, no iba a llevarle la contraría si se lo estaba tomando tan en serio.
Seguimos hablando de música y al llegar a su casa me dijo si lo podía recoger a las 19,30 h. porque iba a la zarzuela con su mujer.

Los sobrinos del Capitán Grant

Obviamente le dije que si y allí estuve como un reloj, cuál no sería mi sorpresa cuando lo vi aparecer solo.
- Mi mujer no puede venir, su madre se ha puesto un poco mala y ha ido a cuidarla a su casa. ¿Querrá acompañarme al Teatro de la Zarzuela? Para mí será un placer invitarle. -respondí.

Pasados unos segundos de sorpresa, pensé que era una oportunidad única, y claro está, no lo rechacé, y allí nos fuimos los dos a ver “Los sobrinos del Capitán Grant” que por cierto, me gustó bastante y no era una de las que yo tenía en mi repertorio. Aquí está el enlace a Youtube por si alguien quiere oírla."Los sobrinos de Capitán Grant".

Pero no quedó ahí la cosa. Nos dimos los teléfonos y siempre que le sobraba una entrada me llamaba. Creo que solo le fallé una vez por fuerza mayor: se casaba mi hija.

También me llamaba para que le llevase de un sitio a otro. Alguna vez intenté no cobrarle para compensar un poco sus invitaciones, pero jamás me dejó.
No podemos decir que nos hicieramos amigos como de toda la vida, pero sí tuvimos una relación de esas que solo las puede tener un taxista.
 

En mi profesión, además de ejercer de taxista, debemos estar preparados para cubrir cualquier otra disciplina: guía turístico, detective privado, auxiliar de enfermería… pero, en mi caso, la más usual es la de psicólogo.

 

Hace unos tres años, una cliente de unos treinta y tantos años con la voz semirrota y algo colérica me indicó que la llevase a una determinada dirección. Al  poco de arrancar me empezó a contar, seguramente porque querría desahogarse, que su marido andaba con otra. Él decía que estaba muy ocupado con el trabajo, pero ella sabía que era la típica disculpa para estar más tiempo fuera de casa. Y lo que era peor: estaba casi segura de que tenia algún hijo con la otra y que ahora lo iba a desenmascarar. Intenté quitar hierro al asunto -porque de esas historias ya me sé algunas- y le pregunté si tenia evidencias o eran simples indicios.

Resumiendo, me contó que le había encontrado una factura de hotel en el bolsillo de la chaqueta, que había visto unas llamadas de móvil al teléfono de una mujer y viceversa, y también una factura de una juguetería, entre otras cosas.

Yo le fui rebatiendo una a una todas esas pruebas que ella consideraba evidencias, pero la mujer parecía que estaba empeñada en mantener su historia, quería tener la razón.

Al llegar a la dirección indicada me dijo que me quedase a distancia, y que no bajara la bandera porque todavía no había acabado la carrera. Al cabo de muy poco tiempo salió su marido del portal con un regalo voluminoso bajo el brazo, y caminó decididamente hacia un parque cercano.

Mi clienta me pidió que condujera despacio tras él, y así hice. El hombre llegó al parque y allí se abrazó a una mujer bastante guapa, al lugar acudió corriendo un niño, evidentemente el hijo de ella, al que le entregó el regalo que llevaba consigo y que  el niño abrió de inmediato.

Mi clienta me comentaba mientras observaba lo que sucedía, que conocía a esa mujer por fotos: había sido novia de su marido en su juventud. Le dije que mantuviera la calma porque se podía tratar de algún malentendido, que no hiciera nada que se pudiera arrepentir después, que primero tenía que oír a su marido, y esas cosas…

De repente, recibió una llamada en el móvil, -mi marido!, exclamó. Me volví hacia ella y le transmití calma con las manos. Apenas dijo algo, todo fueron sonidos de asentimiento con la boca cerrada acompañados con ligeros movimientos de cabeza, y un lacónico adiós tras la llamada.

Mi clienta se echó a llorar como una niña pequeña. Yo me temía lo peor, pero cuando se calmó, me aclaró lo sucedido, y que, para no alargarme, fue poco mas o menos así: la otra mujer realmente había sido novia de su marido en su juventud. Se había ido a vivir a Santander y allí se había casado con uno que la dejó en la estacada por otra. Necesitaba dinero para solucionar unas cosas en los juzgados de Madrid y le había pedido que le pagase el hotel. En  cuanto al regalo era porque ese día parece ser que era el cumpleaños del niño.

La llamada del móvil del marido era para quedar a comer y que conociera a “aquella novia que tuvo hace tanto tiempo y que solo conocía en fotos”.

No le había dicho nada antes porque, primero, no le había dado ninguna importancia; y segundo, porque había estado tan liado de trabajo no se iba a distraer por esa tontería de nada.

Pues por poco se lía buena !!

Tenemos la primera anécdota que nos ha contado J.L. M. taxista de Madrid durante más 35 años. Una historia ¿de película?

 

Estaba en la parada del aeropuerto y recogí –bueno, casi invadió mi taxi- a un viajero que venía bastante sofocado y a la carrera. Llevaba una maleta algo voluminosa, de las que se tienen que poner obligatoriamente en el maletero, pero que él la introdujo directamente en el asiento de atrás, obviamente para no perder tiempo.

Pero acabó de sorprenderme del todo cuando me dijo: “siga a ese taxi”.

Sí, como en las películas americanas. ¡Oh, por fin¡ Esas de secuestros, matones, tiros… Tras unos pocos segundos me volví para decirle que no quería participar en ninguna película de acción, pero me contestó: “ No se preocupe, le aseguro que no es nada de eso. Pero por favor, no lo pierda de vista, indicó mientras mi cliente atendía una llamada en el móvil.

Por la conversación deduje que estaba hablando con su mujer: “No te preocupes, no me ha pasado nada. Coge un taxi, si... ya te lo explicaré, y vete al hotel. Enseguida llego yo, que además te voy a dar una gran sorpresa”.

Mientras duró “la persecución” estuve haciendo un montón de suposiciones sobre cuál podría ser el motivo de la historia y si podría encajar para una película. La que más fuerza cobraba era que la persona que iba en el otro taxi era el amante de la mujer y que mi viajero lo habría cazado, pero ésta no concordaba con la conversación que mantenía por teléfono.

La verdad es que me interesaba no perder el taxi del compañero, me sentía como inmerso en plena película.

Al llegar a los primeros semáforos de la ciudad, pude ponerme delante del otro taxi y hacerle señas para que parase. En esto se bajó mi viajero, abrió la puerta del otro taxi y de su interior salió un hombre corpulento vestido con… una sotana.

Era el sacerdote que los había casado casi 25 años atrás, y al que habían perdido la pista. Estaban planificando celebrar la misa de la bodas de plata, y que casualidad le vuelven a ver de repente saliendo del aeropuerto.

Me encantó ver las muestras de emoción por el reencuentro de dos personas que sin duda, se apreciaban mucho, y que por los avatares del destino estuvieron sin verse casi 25 años.

¡ Para ellos sí que fue una bonita película !.

Historias, anécdotas y pensamientos contados por taxistas en el desempeño de su profesión.

Para MMT Seguros el taxi y la profesión de taxista ha sido siempre motivo de orgullo. No en vano, la Mutua fue fundada en 1932 por varios de ellos.

A lo largo de estos años, no han dejado de repetirse historias de los más diversos calados: desde humanas, sentimentales, solidarias, humorísticas, etc.

Por eso, queremos que en este apartado tengan cabida todas esas historias y anécdotas protagonizadas por el taxi.

Porque si todos lo que nos hemos subido a un taxi en calidad de clientes hemos tenido alguna vez alguna historia divertida, no es difícil de imaginar la cantidad de anécdotas que habrán sido protagonistas estos conductores cuando se dejan tantas y tantas horas al día subidos a su vehículos.

Tras el retrovisor de sus coches estas personas son testigos de lo variopinto de la condición humana.

Como primer artículo, y a la espera de que los taxistas nos manden sus propias anécdotas, queremos hacer una breve panorámica de lo que actualmente se puede encontrar en el mercado. Hemos recopilado, los libros y los blogs de taxistas que, después, o durante, de hacer su trabajo dan a conocer al gran público esas experiencias divertidas.

Uno de ellos es Diego Pérez Carpeño. En su libro “Anécdotas de Taxistas” nos muestra algunas de las aventuras más inusitadas de este gremio. Una prueba de que tras el retrovisor de sus coches estas personas son testigos de lo variopinto de la condición humana. Este libro se puede comprar en www.amazon.es y en www.casadellibro.com .

Otro libro es “Mujer y taxista. Anécdotas” escrito por 24 taxistas de toda España en donde cuentan 62 historias. Solamente pretenden cubrir los costes y su propósito es “acercar el taxi al público y abrir al mundo sus experiencias y vivencias dentro del taxi y fuera de él“. El dinero de más que puedan conseguir tiene un destino social: el proyecto de Asociación Proyectos por la Sostenibilidad, asociación destinada a incorporar el máximo de facilidades a sectores diferenciados, como pueden ser madres con bajo nivel adquisitivo, solteras o en peligro de exclusión. Se puede comprar entrando en la página www.taxisostenible.com

Otro libro que hemos encontrado en www.amazon.es es “Vivencias y anécdotas de un taxista sarcástico” de Mario Maldonado Rodríguez acompañado de la ilustradora Zulema Díaz González.

es una recopilación de historias que han sucedido dentro de un humilde taxi, todas ciertas y locas como la vida misma contadas con un poco de... mala leche.”

Mario es un taxista de Gran Canaria que resume su libro de la siguiente manera:

“Vivencias y anécdotas absurdas de un taxista sarcástico es una recopilación de historias que han sucedido dentro de un humilde taxi, todas ciertas y locas como la vida misma contadas con un poco de... mala leche.

Pues ahí queda eso.

Ahora, con la irrupción de internet y sobre todo, de los blogs, varios taxistas publican sus vivencias personales en relación a su profesión.

Como no podía ser de otra manera, el autor del primer libro reseñado “Anécdotas de taxistas” Diego Pérez Carpeño tiene su propio blog y, donde cuenta, además de esas historia divertidas, las entrevistas que le hacen diferentes medios de comunicación como pueden ser la televisión, radio, revistas, etc., que puedes encontrar en http://anecdotasdetaxistas.blogspot.com.es/

Un blog que ha tenido mucha vida desde hace algunos años pero que actualmente ha dejado de publicarse -aunque todavía se puede leer algunas historias de archivo- es http://www.nilibreniocupado.es/blog/ un blog de Daniel Díaz.

Nació en 2007 y con tristeza hemos visto como se diluía en 2014 no sin antes haber ganado algún premio importante. Esperemos que, como él mismo dice en su despedida “Y sé que me arrepentiré de esto.” Vuelva cuanto antes para seguir contándonos cosas interesantes 

En Relatos para contar encontrarás observaciones agudas e incluso, clases de historia tan interesantes que el cliente le pidió al taxista que siguiera dando vueltas a la basílica de la Virgen de las Angustia para que terminara lo que le estaba contando.

Este artículo no pretende, ni mucho menos, ser un exhaustivo estudio sobre los taxista que se dedican a contar sus vivencias. Es más, desde aquí pedimos que todos aquellos que sepan de libros, autores, blogs, programas de radio, etc., donde el taxi, sus conductores y su clientes, sean protagonistas de historias nos manden sus reseñas para ser publicadas y amenizar y divertir a todos los lectores de este blog.

Contáis con nuestra gratitud de antemano.