Un día de boda

Taxi en Madrid

Las anécdotas que nos cuentan los taxistas son de lo más variadas, interesantes y, la mayoría de las veces, divertidas. Esta es la que nos contó Manuel G.

 

Poco más o menos así nos lo contó el bueno de Manuel que en aquella época, la década de los 80, tenía unos 25 años. El relato empieza así.

Lo recuerdo perfectamente: eran sobre las ocho de la tarde y ya regresaba a casa porque llevaba desde primera hora de la mañana en danza. Me pararon dos mujeres, que parecían madre e hija, portando una maleta voluminosa pero de poco peso, que guardé en el maletero.

Efectivamente, eran madre e hija y como tales, estaban discutiendo por no sé qué historia. Otras veces no tienes más remedio que oír de lo qué hablan, pero en ese momento yo estaba estaba muy pendiente del tráfico y pensando también en mis cosas.

Las dejé en la dirección que me indicaron, y se marcharon igual que vinieron: discutiendo. No me di cuenta ni yo, "se dejaron la maleta voluminosa en el maletero". Cosa rara en mí lo de olvidarme de entregar una maleta, pero así ocurrió.

Cargando maletas en el taxi
Fuente: abc.es

Al día siguiente cuando fui a recoger el coche al garaje, de repente me entró la duda. Abrí el maletero y efectivamente, allí estaba la maleta.

¡Dios mío! –exclamé- ¡La maleta!

La verdad es que en el taxi, los clientes se han dejado olvidados los objetos más inverosímiles. En una ocasión, un niño acompañado de su padre se olvidó una pequeña tortuga. Ahora, lo que se dejan son, sobre todo móviles, Las gafas y los paraguas siempre son una constante histórica de obetos olvidados.

No me apetecía nada la idea de ir a la oficina de objetos perdidos, pero qué remedio… Eso iba a suponer perder tiempo. Pero me acordé muy bien del lugar donde las había llevado, aunque no sabía si sería o no su casa, ya que muchos viajeros no dicen siempre la dirección exacta donde van.

Pensé que no estaba de más hacer una indagación al respecto. Me acerqué al número de la calle donde las había acercado, y le conté al portero de la finca lo ocurido dándole una descripción aproximada de las dos mujeres.

Claro que las conocía: era la madre y la hija y además, la hija se casaba ese mismo día. En ese momento me di cuenta de donde provenían los nervios de ambas mujeres.

Cogí la maleta del coche y subí hasta el piso. Me abrió la puerta la hija y en cuanto vio la maleta empezó a chillar.

- Mamá mamá, mamá, la maleta, han traido la maleta  Aquí hay un taxista con la maleta.

Los chillidos continuaron desde dentro de la casa y cada vez con más claridad lo que era signo evidente de que la emisora de los chillidos, la madre, venía hacia la puerta.

- Me ha salvado la vida. Aquí tengo el traje para la boda de mi hija. Dios mío, quería morir. Se lo agradezco mucho.

Abrió la maleta delante de mí, allí mismo, en el recibidor de la casa y cogió con sumo cuidado el traje típico de las madrinas o de las señoras que quieren ir con elegancia a las bodas: un traje largo, azul eléctrico con una flor blanca bastante grande a la altura del escote.

Madre e hija se volvieron hacia mi con signos evidentes de gratitud y de esa serenidad que proporciona el haber solucionado un problema.

- No sabe lo que se lo agradezco, me dijo en repetidas ocasiones. Ni se imagina lo que hubiera sido no poder estrenar este traje en la boda de mi hija

- Bueno, yo…

- Ah, claro, Querrá una gratificación ¿no?

- No señora, esto es parte de mis obligaciones. No le estoy pidiendo una gratificación, sino que me abone el tiempo que he empleado en venir para devolverles la maleta. Dije en broma.

- Por Dios, claro… Y además, se lo gana muy honradamente. Se lo vuelvo a agradecer enormemente..

Celebración boda en Madrid

Se volvió y llamó a su marido en voz muy alta. Este vino rápidamente con el pantalón de esos tan elegantes, de frac. Su mujer le puso en antecedentes y el marido sacó la cartera y cogió dinero

- Tome buen hombre y sepa que le estamos muy agradecidos. Me dijo.

- No, por favor, que era una broma. El despeste también fue mio al no acordarme que había guardado su maleta en el maletero del taxi.

Entonces la señora tomó la palabra y habló con su marido.

- Oye, Luis, nosotros vamos a necesitar un taxi para esta tarde. Podríamos decirle a este señor que nos recoja ya que no cabemos todos en los coches de Luis y Carlos. 

Se volvió hacia mí para explicármelo.

- Son mis hijos que nos llevan en coche, pero no cabemos todos. Además, nos podría esperar también a la salida de la boda, porque lo más seguro es que necesitemos un taxi como mínimo, para ir después al restaurante.

Al marido le pareció perfecto y a mí, de perlas. Tenía así la tarde programada.

Además, siempre contaron conmigo cada vez que alguien de la famlia necesitaba coger un taxi.