Un viaje gafado

Viaje en taxi

De entre las numerosas anécdotas que tienen los taxistas hoy sacamos la que le sucedió a Raimundo G. J. hace ya varios años: un viajecito a Guadalajara en el que no paró de pinchar.

 

Salí muy de mañana de mi casa para coger el coche y me encontré en el ascensor con un vecino que tenía el sambenito de que era un cenizo. Yo no creo mucho en esas cosas, pero tampoco las descarto del todo. Cogí el taxi con la mosca detrás de la oreja y me dije a mí mismo que me tenía que quitar la absurda idea de que, por ver a mi vecino, el día se me iba a dar mal.  Hice un par de carreras un poco flojas y de repente me para un hombre con muy buena presencia, y me dice que le lleve a Guadalajara. ¡Eso sí que era alegrarme el día!

Me reí para mis adentros del vecino cenizo y puse rumbo a la Nacional II destino a Guadalajara. Serían las 11 de la mañana y el cliente me dijo que no fuera con mucha prisa porque tenía miedo a que ocurriera un accidente y a él le gustaba ir tranquilo. Además, faltaban como tres horas así que había tiempo de sobra.

Empezamos el trayecto y a la altura de Torrejón ¡zas! un pinchazo. Me bajé y me dispuse a cambiar la rueda. En ese momento sí me acordé del cenizo. Pero bueno, una rueda se le pude pinchar a cualquiera, que para eso llevamos otra de repuesto. Abrí el maletero, cogí las herramientas y la rueda y la puse sin más problemas. Como no quería mayores problemas le pegunté a mi cliente si no lo importaba que parase en un taller que nos quedaba de camino para arreglar el pinchazo, por si las moscas.

No, no  se preocupe, así me tomo un cafelito tranquilamente. Me dijo con total tranquilidad.

La rueda la arreglaron con cierta celeridad y, cuando acabaron, entré a la cafetería a invitarle el café a mi cliente, pero no me lo permitió.

Reanudé la marcha tan feliz y comentamos animadamente el incidente.

-¿Y se le pincha mucho las ruedas? Dijo mi cliente.
-En realidad, no. Llevaba más de tres años sin tener ningún pinchazo.
-Entonces es normal ¿no? Porque alguno siempre le echa la culpa a algún gafe.

Me recorrió un escalofrío por el cuerpo y me quedé callado. Me vino la imagen de mi vecino y mi preocupación fue que desapareciera cuanto antes. Llevaba ya casi cinco minutos en esa pelea cuando ¡zas! ¡otro pinchazo!. Me orillé a la cuneta sin creérmelo. No podía ser.

- ¿Hemos pinchado otra vez? Preguntó con voz bajita mi cliente.
- No le quise contestar por la obviedad, aunque si asentí con la cabeza.
- Menos mal que arreglé el pinchazo. Si no, vaya papelón.
- Volví a repetir lo del maletero, el gato, la rueda de repuesto, etc., y en unos minutos ya estábamos otra vez en marcha.
- ¿Vamos a parar en otro taller? Me preguntó.
- No, porque sería increíble que volviéramos a pinchar. Si pincháramos otra vez haría una quiniela, porque seguro que acertaba los 14.
-  ¡Uy! No se fíe, cuando las situaciones están gafadas…

Otra vez el gafe de mi vecino, pero esta vez iba a desafiar al destino. No arreglaría el pinchazo hasta que dejase al buen hombre en Guadalajara. Luego ya tendría tiempo de dedicarlo al coche.

Coche sin rueda

Continuamos el viaje y estábamos a 20 km de Guadalajara cuando… ¿qué pasó? Efectivamente, volvimos a pinchar. Y esa vez, yo ya no llevaba rueda de repuesto. Bueno, la llevaba, pero también pinchada. Mi vecino el cenizo volvió a aparecer.

Yo no sabía qué hacer: si decirle unas cuantas cosas o cambiarme de casa. No podía ser que, por solo cruzarme con él, me pasara todo esto. Pero pensé en mi cliente, que estaba a punto de no llegar a tiempo a su destino.,Tenía que buscar algún plan.

La solución era parar a alguien, que me llevara a una gasolinera o taller para vovler a arreglar la rueda, que otra persona me trajera de vuelta, colocar la rueda y seguir viaje. Entre media hora, en la más óptimas de las situaciones y dos horas, poniéndonos en lo peor. Pero tal y como iban trascurriendo las cosas era mucho mejor ponerse en lo peor. Con lo que mi cliente no llegaría a su hora prevista a Guadalajara.

Me puse al lado de la carretera con el capó abierto, para que la gente se diera cuenta de que tenía el coche estropeado.  Hice un ademán con la mano para que parasen. Pasaron unos cuantos  coches, pero ninguno paró. Tampoco`pasó ninguna grúa que pudiera auxiliarme.

Vi venir a lo lejos lo que parecía un taxi. Por cuestión de compañerismo tendría que parar, y así fue. Se bajó y me preguntó que qué me pasaba y le conté todo. Su viajero también bajó y resultó ser amigo del mío. Por lo visto tenían como destino la misma celebración en Guadalajara.

Rápidamente pensé un plan bastante lógico. Nos íbamos los cuatro en el otro taxi, a mí me dejaban en un taller, mi compañero llevaba a los. Si me pagaba algo mi cliente, bienvenido, pero tampoco le iba a pedir el importe de la carrera después de todo lo que había ocurrido.

Pero… el cliente del otor taxi dijo, no se si de broma, ¡que ni hablar!, que no iba con mi cliente en el mismo taxi, que lo sentía mucho, porque con lo gafe que era su amigo no quería correr ningún riesgo.

- Hombre, no será para tanto. No se le puede echar la culpa de mis pinchazos. alegué, pensando en mi vecino.
-Mire usted –me dijo con mucha educación- lo conozco desde hace veinte años y no me subo a un coche con él ni aunque me paguen. La última vez se nos rompió el embrague. Cuando vino la grúa a recogernos, también se estropeó. No sé si serán casualidades, pero no voy con él, aunque sea mi amigo.

 

Núcleo urbano

Bueno, bueno, bueno. O sea que el gafe no era mi vecino, sino mi cliente.  Estaba barruntando lo de mi vecino y lo de mi cliente cuando su amigo dijo:

- Lo que podemos hacer es que su compañero le preste la rueda de repuesto, –y recalcó- pero no vamos juntos, y cuando lleguemos, cada uno pagamos su viaje y fin.

No era mala idea. Mi compañero me dejó la rueda de repuesto, la cambié inmediatamente, dada mi soltura, y salí el primero con mi compañero detrás por si me pasaba algo. Noté que mi cliente iba un poco avergonzado, y me dijo:

- No se creerá lo que ha dicho mi amigo de que soy gafe ¿verdad?
- Mire, la verdad es que yo no creo en esas cosas, pero lo que ha pasado hoy ha sido muy raro.
- Entonces usted cree que yo…
- No, no, de verdad. No se preocupe.

Entonces fue cuando estuve a punto de complicarme la vida para siempre jamás porque me preguntó:

- Entonces me podría dar su número de teléfono para cuando tenga que hacer un trayecto largo.

Ahí reaccioné rápido y le di mi número de teléfono. Bueno, no fue exactamente mi número de teléfono. Cambié un par de cifras para que nunca volviera a cruzarme con este gafe.

Por cierto, hice la quiniela esa tarde. Y como siempre, acerté seis, pero a mi vecino, a partir de ese día, le sonreí con una sonrisa de oreja a oreja.