Una historia de ida y vuelta

Todos los taxistas tienen alguna historia de la que se acuerdan con cariño. La de Pedro S. es la típica historia romántica cuyo taxi tuvo bastante que ver. Así es cómo nos la relata.

 

Hace unos 40 años no había teléfonos móviles, ni siquiera empresas de mensajería, que repartieran paquetes en la misma ciudad de forma rápida. Un recurso fácil y cómodo era acudir a los taxistas. Entrabas a la empresa, te daban un sobre o un pequeño paquete y lo llevabas adonde te dijeran. Todo era muy rápido y el coste era el de la carrera.

En aquellos años, cogí a una pareja de muy buen porte y con muy buenos modales, de esas veces que sabes que no vas a tener ningún problema. Él no llegaba a los cuarenta años y ella no pasaba de los treinta. La chica me pareció muy guapa y él, muy elegante y modernillo. Aquella época era la de la Movida, tiempos en los que se veían cosas extravagantes. Sin  embargo, ellos venían muy formalitos y con evidentes ganas de agradarse mutuamente, con esa sonrisa amplia que delata que puede haber un enganche amoroso. Me pidieron que los llevara al templo de Debod, casi casi recién inaugurado. Era por la tarde y estaba anocheciendo. Todos sabemos que puestas de sol hay por ahí. Cuando llegamos me pidieron que  me esperase, que iban a estar solamente cinco minutos, para ir a continuación  a otro lugar.

Yo me quedé en el bar de los cocodrilos haciendo tiempo –nunca supe su nombre, todos le llamábamos así- mientras me tomaba un café esperando a que vinieran. Pasaron más de diez minutos y yo ya estaba mosca, pero finalmente aparecieron cogiditos de la mano y con una cara de pánfilos que parecían quinceañeros. 

Me pidieron que los llevara a cenar a Lucio y allá fuimos. Durante todo el trayecto no se dejaron de hacer toda clase de arrumacos. Parecía como si la puesta de sol en el templo de Debod los hubiera trastornado, en el sentido amoroso. Pero lo cierto fue que, viendo el cielo rojizo, el hombre, que se llamaba Alfredo, la abrazó por la cintura, le dio un beso y ella, quedó prendida. Parafraseando a no sé quién, se podía decir eso de “qué bonito es el amor…”.

En aquella época no había teléfonos móviles. Pero si había un dispositivo que permitía recibir mensajes. Eran los mensáfonos o buscapersonas: mensajes cortos, pero siempre estabas localizado y si el mensaje era demasiado corto, tenías las cabinas de teléfonos, esas que ahora ya casi ni existen.

Templo de Debod


Alfredo me pidió el código del busca y yo, encantado, claro. Eso quería decir que tenía un cliente fijo.

Les pregunté si después de cenar querían que les llevara a algún sitio y efectivamente, los llevé a Aravaca. Se bajaron y la chica entró en el portal después de una larga y cariñosa despedida. Alfredo no se movió del sitio hasta que ella se subió en el ascensor. Como debe ser…

Subió al coche y me dijo que lo llevase a su casa, en la zona de Argüelles. Estaba eufórico y tenía ganas de hablar como es lo normal en estos casos. Yo le dije que hacían muy buena pareja, pero él seguía embobado. Agradecido por mi tiempo, me invitó a una tomar un refresco en un mesón de al lado de su casa y luego, cada uno a lo suyo.

Al día siguiente recibo en el “busca” un mensaje para que pasara a recoger algo en una empresa y llevarlo a una dirección.
Me acerqué y recogí un pequeño paquete. Mejor dicho, era algo duro y cuadrado que estaba metido en un sobre. Miro la dirección de entrega y me dije a mi mismo: esta calle me suena. Como que era la dirección de la chica de Aravaca: la “novia” de Alfredo.

Al abrirme la puerta no me reconoció para nada, me quedé un poco parado porque yo claro que si me acordaba de ella. Pero también era normal que no recordara mi cara yendo en la parte de atrás del coche. Le dije quién era y enseguida se dio cuenta, y comentó  "que ya sabía que después de dejarme a mí, Alfredo charló largo y tendido contigo". -Bueno, estaba muy contento e ilusionado y siempre es agradable hablar con una persona así.

Rasgó el sobre y extrajo la cajita que iba dentro. Sus ojos brillaron y yo me di cuenta por qué: el envoltorio pertenecía a una afamada joyería de la Gran Vía y tenía toda la pinta de ser una pulsera, por la forma y tamaño.

Flores

Una vez entregado el sobre con la cajita, me despedí, pero ella me hizo un ademán para que esperara. Entró a la vivienda y salió de nuevo, había cogido un tubo de cartón, un portaplanos de esos redondos y largos, donde introdujo una especie de cartel. Antes de enrollarlo escribió algo y lo firmó.
Me preguntó: Si se lo podría entregar a él, por favor. -¿En el mismo sitio? repliqué.

Gracias a eso supe cómo se llamaba él Alfredo G. Enseguida até cabos: la empresa donde trabajaba él era de publicidad y ella era ilustradora. Alfredo le había hecho un regalo y ella se lo devolvió con uno de sus trabajos. No estaba nada mal.

La verdad es que estuve durante tres meses llevando y trayendo “cosas” de un lado a otro. Algunas veces podía identificar el regalo. Otras, incluso, era yo quién en alguna ocasión compré unas orquídeas que a mí siempre me parecieron tan bonitas como caras.

Algunas veces, los regalos llevaban las típicas leyendas de enamorados. No es que abriera los sobres, sino que los escribían delante de mí.

Tengo que confesar que alguna vez utilicé esas frases con alguna amiga mía porque me parecían frases realmente encantadoras. No tengo mucho talento literario como para inventarme frases inspiradoras, como se dice ahora. Incluso un par de veces, tirando la casa por la ventana, compré orquídeas que, junto con el mensaje, hacía estragos.

Pues como decía, estuve unos tres meses de mensajero y luego todo se acabó. No volví a recibir ningún mensaje más. 

No quise indagar sobre lo que pudo haber sucedido a pesar de que me reconcomía por dentro. ¿Qué había pasado con esa historia de amor con envíos de ida y vuelta?, ¿había acabado todo?, ¿se habrían ido a vivir juntos y por eso ya no necesitaban mensajeros?, ¿un viaje al extranjero?.

Así estuve algunas cuantas semanas dándole vueltas, luego, el día a día te obliga a olvidar éstas cosas. La verdad es que el aspecto detectivesco se lo dejo para el cine.